El 27 de febrero de 1998 Martha Magnusson lloraba en su casa en Gotemburgo, mientras la portada del diario El Colombiano, que tomaría aproximadamente dos minutos en aparecer en la pantalla del computador, le permitía leer a la velocidad de un niño de primer grado, palabra por palabra, aquello que Martha tanto temió y que, sin desearlo, presintió desde el momento en que la página comenzó a cargar: Asesinado el apóstol de los derechos humanos, Jesús María Valle.

Para entonces, Martha Luz Saldarriaga Vélez era Martha Luz Magnusson, una colombiana que había tenido que renunciar a su nacionalidad y no conocía a ese “Magnus” al que originariamente le debía el apellido sueco que tomó cuando se casó con Anders Magnusson y que en español traducía hijo de Magnus.

 

Lo poco o mucho que Martha conocía de hijos y hogar, lo sabía porque hacía un año había nacido su bebé, Anne Elizabeth. Martha nunca había sido una mujer regida por los cánones que establecían el deber ser de una mujer de segunda mitad del siglo XX, había nacido el 17 de abril de 1959 para tener la vida menos predestinada que se hubiera imaginado su madre, su padre y ella misma. Así que esas cosas de mercado, cocina y tetero nunca fueron su norte, hasta que en Suecia, sin más abrigo que la intuición comenzó a descubrir ese lado de la vida que muchos llaman independencia, pero que en su caso era supervivencia.

“Yo nunca había mercado en Colombia. Vine aprender a mercar acá, y a cocinar también” Recuerda Martha. Bajo estas condiciones el hecho de llegar a un país donde el idioma es casi imposible, como lo califica ella, empeora la carga que ya es demasiada para una migrante y ama de casa novata. “A mí me encantaba el atún y conseguí bien baratas unas cajas azulitas con una silueta de un gato, entonces las compré, cuando invité a un amigo y le dije que, si quería eso con un poquito de galletas, me dijo: ¿me vas a dar comida de gatos?”

Tal vez si su mayor preocupación en Suecia hubiera sido aprender a diferenciar cuál era la comida para gatos del atún, esta no sería su historia, pero Martha había huido el 24 de noviembre de 1990 de la misma poca suerte—si es que se puede llamar así—que había tenido su compañero Jesús María Valle, y casi ocho años después el 27 de febrero de 1998, lloraba con su hija en brazos, mientras veía todo lo que le seguía quitando el país al que tanto le había entregado, un país que como lo describe la escritora bogotana, Laura Restrepo, se niega a dar cuenta de nada y de nadie.

En 1984, después de siete años de estudios en la Universidad de Antioquia, Martha recibía el diploma de abogada que había soñado tener desde el colegio cuando supo que quería dedicarse toda su vida a eso. Su paso por la universidad dejó el rastro de una joven de 25 años, que encaminaría su vida a la defensa y reivindicación de los derechos humanos en Antioquia, y pese a que ese nunca fue el deseo de sus padres, Oscar y Martha, ella recuerda que “Nunca estuvieron de acuerdo con la forma en que orienté mi vida de abogada, sin embargo, en los momentos más difíciles, me apoyaron”. Momentos difíciles que llegarían sin dar espera.

En 1985 Martha entró a hacer parte del Comité Permanente por los Derechos Humanos de Antioquia, un grupo interdisciplinario de 10 personas que voluntariamente trabajaban para mitigar los daños que un país permeado por el conflicto armado, el narcotráfico, las rivalidades ideológicas — o cualquier otro mal que la búsqueda de dinero y de poder— causan a una sociedad.

Algunos de los integrantes del Comité eran Héctor Abad Gómez, Leonardo Betancur, Jesús María Valle, Carlos Gónima, Luis Fernando Vélez, Martha y otras personas, que conformaban un equipo de médicos, abogados y periodistas que se convirtieron en la piedra en el zapato de grupos al margen de la ley, e incluso del mismo Estado, que para entonces tenía una fuerte relación con grupos paramilitares. 

Una de las primeras y más duras advertencias de que las sombras querían silencio, llegó el 25 de agosto de 1987, el día que asesinaron a Héctor Abad Gómez y a Leonardo Betancur.

A las 7:00 de la mañana de ese día, el cuerpo de Luis Felipe Vélez, docente y sindicalista se encontraba afuera de la sede de la Asociación de Institutores de Antioquia (ADIDA), mientras que las personas conmocionadas no se imaginaban que esa iba a ser solo la primera víctima del día. El Comité no era ajeno al duelo, como Martha cuenta “íbamos a ir a acompañar al Sindicato en la velación Héctor Abad, Leonardo, Jesús María, otros cuatro del equipo y yo”, pero por cuestiones de tiempo Martha y Jesús María quedaron de encontrarse en la sede del Colegio Antioqueño de Abogados, mientras que Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur, llegaron directo a la sede de ADIDA.

Fue entonces, como las calles que habían sido el soporte de los pies que caminaban con inercia poniendo la vida de las personas sobre sus propias vidas, vieron cómo caían Héctor Abad Gómez y Leonardo Betancur por disparos que sicarios habían perpetrado. Minutos después, los asesinos irrumpieron a la sede del sindicato preguntando por “la Mona”, como llamaban a Martha, en ese momento una mujer que hacía el aseo y que acababa de cambiarse de ropa ante los ojos cegados de muerte, pareció ser la mona y quedó en el suelo, sin imaginarse que la verdadera mona, Martha, llegaría media hora después a que le dieran la noticia de que sus compañeros habían sido asesinados. En ese momento, aparecieron dos hombres que intentaron entrar a la sede montados en motos, de inmediato, unos meseros y el vigilante cerraron la puerta y lograron que no aumentara el número de pesares que ya rondaban las calles del centro de Medellín.

“Cuando estaba aquí en Suecia fue el momento en el que sentí más miedo. Es que en Colombia no salíamos de una persona desaparecida, entrábamos en otra…en otra, y no había espacio para sentir miedo. Allá teníamos rabia, impotencia de no poder hacer nada, de no poder defender a la gente y esos sentimientos eran muchos más fuertes que el miedo”. Pero la falta de miedo de Martha no significó la ausencia de más amenazas.

El 31 de octubre de 1989, casi un año antes de que Martha hubiera que tenido que salir exiliada a Suecia, ella y el resto de los habitantes de Medellín se disponían a celebrar Halloween, exceptuando a los soldados del Batallón Bomboná que allanaban su casa, mientras ella se arreglaba para ir a una fiesta. Martha creyó que estaban subidos en los muros porque iban a entrar a la casa de su vecina Fabiola Lalinde, la lideresa reconocida por haber llevado a cabo la Operación Sirirí. Sin embargo, los que entraban vestidos de militares y no precisamente por ser Halloween, tenían como objetivo entrar a su casa, encañonar a su papá que había abierto la puerta, registrar el lugar y llevarse los documentos de Martha que terminaron siendo unos papeles de su madre.

Las llamadas amenazantes a su oficina seguían llegando y el panorama no era alentador para los integrantes del Comité, fue entonces, cuando el presidente de la época, Cesar Gaviria ordenó a Miguel Maza Márquez—entonces jefe del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) y ahora condenado por el asesinato de Luis Carlos Galán— que les brindara protección a los integrantes del Comité. Sin embargo, la solución propuesta por Gaviria los había metido a la boca del lobo: “Ya esa semana habían sucedido varios asesinatos como el de la alcaldesa de Apartadó, también estando involucrados agentes del DAS. Entonces tomé la decisión de que era mejor buscar salida internacional”.

El 25 de noviembre de 1990 Martha se encontraba en un campo de refugiados en Hallstahammar, Suecia, a -10°c, aparentemente ligera, con solo dos maletas en los brazos, pero una tristeza infinita en su corazón. 

Un día hacia la mar una lancha partió y a su rastro llevó un nido de ilusión/ en la playa quedó triste y confiada/ la mujercita que tristemente cantó. / Se va, se va la lancha / se va con el pescador/ y en esa lancha que cruza el mar/ se va también mi amor. Esta canción la popularizó el Dueto de Antaño, con el nombre de La lancha, pero cuando Anne, la hija de Martha, tenía cinco años, pensaba que ese ritmo jocoso y esa letra que no entendía, la había inventado su abuelo, Oscar. Anne solo vio dos veces a su abuelo, pero recuerda intactamente cuando se sentaban en dos sillas plásticas que había en la cocina “a gritar”, como dice Anne, La lancha, que también fue la canción de la infancia de su mamá y sus tíos. Una canción que podía decir lo que quisiera, pero que para ella no era otra cosa que felicidad.

 

“Él cantaba muchas canciones de borrachera deprimentes y cuando uno es niño y además no entiende el español, eso suena bien” Contaba Anne, que había nacido en Gotemburgo el 2 de febrero de 1997 a las 3:00 a.m. y que cuando cumplió 18 años y Martha había podido recuperar su nacionalidad colombiana y ella ya la tenía, fue a la Registraduría para cambiar sus apellidos y tener el nombre de: Anne Elizabeth Saldarriaga Vélez Magnusson. Para ella su nombre “tiene la conexión de mis abuelos y la decisión de dos países de crearlo”, la abuela paterna, Oddfrid elegiría el primer nombre y los abuelos maternos, el segundo.

El mundo de Anne se convirtió en eso, una vida mediada por dos países tan diferentes como el día y la noche, y aunque permaneció la mayor parte de su infancia y adolescencia en Suecia, Anne disfruta el calor de Colombia, y de vez en vez lleva el ritmo de algún reggaetón que se queda en su mente como consigna, tal como los que escuchaba en un Cd que su papá le había comprado en el negocio de un vendedor ambulante por Laureles, en una de sus visitas a Colombia cuando ella era una niña: “De esos de Lony Tunes y Noruega”.  Anne dice que el amor que tiene por Colombia es grande, pero también se pregunta “¿Cómo pueden ser ustedes tan crueles de sacar a una persona, desarraigarla y dejarla sola como una basura en otro país del que no conoce nada? Y precisamente, es ese desarraigo el que ha llenado la vida en el exterior de Martha y Anne, de los sin sabores que incuban la distancia y los recuerdos.

 

Martha confiesa que una de las partes más difíciles del exilio es decir adiós, un adiós fugaz como un golpe seco que no se ve venir y desacomoda todo. “Esa es la parte más dura, cuando uno se despide de cada persona, nadie sabe si es la última vez. Se acumulan muchas pérdidas. Uno de pronto se va metiendo en estas rutinas y cuando regresas a Colombia la misma gente te dice: ¡cómo has cambiado! Por adaptarse acá has cambiado muchas cosas en el comportamiento, entonces uno entra en choque allá y lo mismo pasa cuando regresas. Se da cuenta uno de que no es ni de aquí ni es de allá. Pérdidas que no se recuperan. Ese es el precio de esto. Muchas pérdidas”. Pérdidas como las de no poder estar con su padre sus últimas horas de vida y en su funeral, como la de haberse tenido que ir de Colombia después de haber estado un mes cuidando a su madre y tener que regresar a enterrarla a los quince días. Pérdidas como la de su amigo Jesús María Valle, con el que había hablado ocho días antes de su muerte, sobre cómo había empeorado la situación del país, y a los ocho días enterarse de la manera más impersonal de su asesinato.

“Acá no hay diferencia entre la persona que migra para buscar mejores oportunidades económicas y los que migramos porque nos vemos obligados a dejar nuestro país. La situación es igual. En general el europeo nos trata como invasores, como extraños. Hay mucha xenofobia”, plantea Martha que a leguas era distinta con su metro y medio en un país de personas de 1,70 en adelante y de “cuatro mechas” como llamaba ella a la condición predominante en este país que le impedía encontrar peluquerías que se le midieran a su cabello grueso e indomable. En el colegio donde Anne estudio la primaria también lo notaron: “la mamá de Anne era diferente, entonces Anne era diferente”, bajo esta premisa el bullying no tardó en llegar, Anne se convirtió en el foco de los insultos y maltratos. Y aunque Martha lleva 30 años en Suecia sigue siendo la colombiana. “El desarraigo es casi total, al final los más cercanos le dicen a uno colombiana, dicen: hola colombiana, ah sí, aquí trabaja una colombiana, pero nada más”.

En los países del sol de medianoche, hay que acostumbrarse a ver el termómetro antes de salir de casa, porque, aunque el sol esté radiante, se puede estar a -10°c. Hay que ser tan preciso como el reloj para llegar a una hora, puedes conseguir tamales y empanadas por internet a un precio muy elevado, puedes sentir que la vida es un soplo sin perturbaciones, pero no puedes olvidar. “Cuando uno está en el exilio uno separa toda la película de una manera muy brusca”, a la fuerza, sin otra opción que la de tratar de vivir la vida que otros le impusieron, a Martha y a aproximadamente otros 200 colombianos que están exiliados en Suecia, dato que Martha conoce, porque desde el 2015 trabaja con el Foro Internacional de Víctimas y es entrevistadora para la Comisión de la Verdad en una investigación sobre los exiliados que tuvieron que salir de Colombia por el conflicto armado.

Anne dice que su mamá es una súper heroína: “fuerte independiente, inteligente es lo que más veo en mi mamá. Una mujer que ha logrado de todo. Mi mamá tomó su camino en esa época y decidió hacer lo que la hacía feliz y aunque han pasado muchos golpes, ella siempre los toma y hace que a mí no me caigan con tanta fuerza”. Y aunque Martha teme por el bienestar de Anne con su regreso a Colombia porque sabe que seguiría trabajando en lo mismo que hacía antes de salir del país, ambas saben que no hay nada que llene más a Martha que ayudar a las personas, como lo notó Anne cuando Martha comenzó a trabajar con la CEV. “Desde que llegó el ejercicio con la Comisión de la Verdad, mi mamá está más tranquila, porque pudo dar su testimonio, sacar todo el dolor que tenía, tuvo apoyo y hace lo que le da felicidad: ayudar a los demás”. Fue este trabajo el que le permitió a Martha ver reflejadas sus historias y luchas en los rostros de otros: “Uno no entiende cómo una persona ha aguantado tanto. Tanto las de Colombia como las del exilio. La gente cree que el drama termina en el exilio, pero ese es solo el comienzo”.

“Afuera, los exiliados viven su experiencia en medio de encuentros y desencuentros. Entre las profundas soledades y los obstáculos que les impone un país extranjero, la población colombiana exiliada ha tenido que hacerle frente a las huellas del conflicto armado más allá de las fronteras”, dice el informe sobre exilio entregado por el CNMH. Vivimos en un país que hace diez años ocupaba el tercer lugar con más refugiados y exiliados del mundo.

Según los datos de la ACNUR en la última década más de medio millón de personas han tenido que salir de Colombia por el conflicto.

Pareciera entonces, que la canción que Anne y su abuelo cantaban a gritos en su casa en Medellín, por La 33, es mucho más que la historia de un pescador que por enfrentarse a la mar naufragó con su lancha, dejando a una mujer que le cantaba y extrañaba. Se convierte en la historia de casi un millón de colombianos que se han visto obligados a dejar su país, un país con una marea agreste que los lanzó al naufragio por defender la vida sobre la muerte, por buscar luces en una sociedad invadida por sombras, que los alejó de su familia y amigos, que les obligó a no pensar en esperanza, que los hizo hundirse en un mar de incertidumbre y dolor, mientras viajaban horas en un avión rumbo a un país que no conocían, rumbo a ciudades de las que muchos no sabían ni pronunciar el nombre. También es la historia de los que quedaron en Colombia, como la mujer de la canción, esperando el momento en que la marea se calmara y sus seres queridos pudieran entrar por las puertas de sus casas diciendo “volví”.

Es la historia del país con más exiliados de Suramérica; la historia de Colombia, un país de náufragos.