Este viaje lo emprendo en parte, a causa de las amenazas recibidas. En diferentes ocasiones mientras cursaba los últimos años de secundaria llamaban a mi casa a preguntar por mí que para terminar de saldar cuentas por lo de mi papá, razón por la que parte de mi juventud anduve prevenido y preguntándome porqué habían asesinado a mi padre el 5 de enero de 1989. Otra razón por la que inicié el viaje fue por la incertidumbre de no saber qué hacer con mi vida. Estaba recién graduado del colegio, con un promedio bajo por mis problemas de atención y con un montón de preguntas en mi cabeza que no lograron ser resueltas en los salones de clase, sintiendo que los logros en los deportes no alcanzaban para poder vivir de alguna de las disciplinas que practicaba.

A este panorama se le suma que a finales de los 90 recrudeció el conflicto armado en todo el país. En las noticias solo se hablaba de masacres, enfrentamientos y derramamiento de sangre. En el pueblo igual, se hablaba de los asesinatos y los NN.  En ese entonces, se estaba viviendo un proceso de paz fallido entre la guerrilla de las FARC-EP y el gobierno de Andrés Pastrana; el fenómeno paramilitar se encontraba consolidado y en su mayor grado de operatividad, con recorrido que sumaba desde los años 80, época en la que yo nací y en la que le dieron el premio Nobel de literatura a Gabriel García Márquez.

Dudas, temores e incertidumbre rondaban por mi cabeza. Lo único que yo pensaba era en mi padre y en por qué me había abandonado; esta pregunta me acompañó en la mayor parte de mi vida hasta que decidí investigar a profundidad su vida y la ideología que acompañó sus luchas; así, poco a poco, pude ir encontrándole sentido a mi existencia, asimilando este viaje como un punto de partida.

Soy Hernán Darío Martínez y el hecho de ser hijo de un dirigente sindical y líder del Movimiento Cívico del Oriente Antioqueño de los 80, (un movimiento que agrupó las demandas de las diferentes localidades de la región por el desacuerdo generalizado a causa de diferentes megaproyectos que se venían implementando, como la  construcción de la represa de El Peñol, la autopista Medellín-Bogotá y el aeropuerto internacional José María Córdoba, obras que fueron desarrolladas sin la debida consulta a las comunidades y que a su vez aumentaron el costo de vida para los lugareños) me llevó a vivir 9 años de exilio en Estados Unidos.

En el exilio, viví en carne propia lo que es estar indocumentado en un país donde se habla otro idioma y con costumbres totalmente diferentes a las nuestras. Me fui de Colombia buscando un poco de tranquilidad, pero ¡qué ironía!, llegué a Estados Unidos para ser testigo de un ataque terrorista sin precedentes en la historia norteamericana, como fue el de las Torres gemelas, el 11 de septiembre de 2001. Ironía porque salí de mi país huyéndole a la violencia generalizada y a las amenazas de quienes al parecer no les bastó con el asesinato de mi padre, sino que también querían saldar cuentas con nosotros (su familia) por temor a que sus ideas se reprodujeran.

Y es que mi padre, aparte de ser un líder popular y obrero, también fue dirigente de la Unión Patriótica, el movimiento político víctima de genocidio, a mediados de los años 80 y que se extendió por más de 20 años, que cobró la vida de más de 5 mil personas, entre candidatos a la presidencia de la república, senadores, diputados, asambleístas, alcaldes, concejales, dirigentes y simpatizantes, por el mero hecho de querer hacer las cosas de manera diferente a como lo venía haciendo la clase política tradicional, desafiando así el orden establecido.

Si a mis 17 años de vida cuando emprendí este viaje no tenía claro qué era lo que quería hacer, lo que sí sabía era que no quería estar en medio de ese baño de sangre en el que se encontraba el país y mi pueblo, El Carmen de Viboral. También me hacía a la idea de no querer contribuir a la violencia alimentada por la sed de venganza y justificada por la ley del ojo por ojo y diente por diente o de pagar con la misma moneda. Alejaba de la mente los fantasmas del odio.

Adiós pueblo natal, chao amigos, nos volveremos a ver primo, madre; novia mía, me voy, pero te juro que mañana volveré.

En mi equipaje lo que más pesa son los bonitos recuerdos y los momentos especiales que se convertirán en mi mejor compañía, junto a la música, la nueva pasión que me llevaría a recopilar más de 5 mil melodías en un mp3 y a medir el tiempo y la distancia en canciones. Para ir de mi casa a New York me demoraba 20 canciones. Acostumbraba a escuchar Clandestino de Manu Chao, Mala vida de Mano Negra, Run run se fue pal Norte de Inti Illimani, One love de Bob Marley, Pupilas lejanas de Los Pericos, Diré a mi gente y Una flor para mascar de Pablus Gallinazus, Mueres libre de Kraken, Yo tengo un ángel de Tego Calderón.

Pandillas de Nueva York es la película que mejor relata la tensión de la ciudad, cuando llegaban a puerto por el río Hudson los primeros migrantes que se repartieron por el resto del país. Tensión que en los tiempos modernos se refleja desde el discurso del terrorismo y que en una ciudad cosmopolita se manifiesta en la atención entre un centro financiero y un downtown cultural.

El proceso de aplicar por asilo político comienza un año después de mi llegada a Estados Unidos, lo que significaría permanecer sin salir del país por un tiempo indefinido. Comienza el proceso de recopilación de la información que aporta a la construcción del caso de amenazas en mi contra y que se relacionara con la persecución y posterior asesinato de mi padre a causa de su militancia política; por lo tanto, también había que comenzar a visitar abogados y a comparecer en la corte ante jueces estatales en un proceso que tardó unos 7 años desde el momento en que radicamos la solicitud de asilo hasta cuando me dieron la residencia permanente.

A los 2 años aceptaron el proceso y me dieron el social security, nombre con el que podía recibir atención en salud y otros beneficios. Obtuve el permiso de trabajo, pude abrir una cuenta en el banco y sacar la licencia para conducir, todo esto me dio mayor libertad e independencia. A los 5 años me dieron el estatus de asilo político y un pasaporte de refugiado con el que podía viajar a cualquier parte del mundo menos a Colombia, aunque fue lo primero que hice. Fue tremenda odisea, porque si entraba al país, de regreso no se podían dar cuenta; así que el viaje tuvo escala en Venezuela. De vuelta a New York me tuvieron retenido 6 horas en el aeropuerto, investigando, primero si había viajado a Colombia y segundo por si andaba de mula. Solo después hacer mis necesidades fecales me permitieron el reingreso al país del tío Sam.

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Fue por medio de la música que me introduje en el mundo de la crítica, de la dialéctica, de lo social, del bien común, del mundo de las historias que a nadie cuenta y que Antonio teje. Poco a poco fui conociendo la realidad del país por medio de artistas como Mercedes Sosa, Pablus Gallinazus, Facundo Cabral, Víctor Jara, Violeta Parra, Inti Illimani y canciones como Las casas de cartón, Ni chicha ni limona’, Ojalá y El Necio. Como diría Andrés Caicedo refiriéndose a las artes en general ¡Que quemen todo y que solo dejen la música!

Gracias vida, gracias viaje, gracias música por hacerme sensible ante los problemas de los demás, por enseñarme que la guerra no me es indiferente. Gracias por iluminarme cuando han tratado de convidarme a indefinirme. Sabes música que yo quiero que me entierren como a mis antepasados, en el vientre oscuro y tierno, de una vasija de barro.

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¡No vamos a estudiar! Era lo que yo pensaba en ese entonces. Afortunadamente estaban ya mis dos hermanos mayores ubicados y estabilizados, y cuando llegué ya tenía un techo donde vivir y prácticamente trabajo cuando quisiera. Llegué a vivir junto a mis hermanos a Parlin, New Jersey de donde recuerdo el olor a curri, típico en un barrio de población mayoritariamente hindú y árabe. El pueblo latino más cercano era Perth Amboy, a 5 minutos de Parlin, donde había población dominicana, puertorriqueña y mexicana, y entonces se podía disfrutar de la gastronomía de estas culturas. En South Amboy habitaban más portugueses e inmigrantes italianos y era donde estaba ubicada la estación del tren que llevaba a New York City.

La colonia colombiana que se encontraba más cercana estaba en Elizabeth, New Jersey, a 20 minutos de distancia de donde yo vivía. Para llegar se podía ir en bus, en tren o en carro por el Turnpike o por el Parkway, que eran autopistas estatales y nacionales, de hasta 8 carriles, con límites de velocidad de 150 kilómetros por hora y para las que había que pagar desde 25 centavos de dólar hasta 1.50 dólares. Allí encontraba los sabores colombianos. En definitiva, no hay nada como una empanada con ají, o unos pandebonos, o una arepa de chócolo con quesito, y todo eso que sabía a pueblo y que nos transportaba a esos momentos con los familiares y amigos, y hasta de vez en cuando había discotecas que ponían música colombiana y latina. Difícil el exilio y estar lejos de la familia pero este tipo de gustos alegraban el corazón.

Era una época en la que en todo el mundo se estaban dando ataques terroristas y después de lo sucedido en Manhattan con esas Torres, la amenaza de otro ataque en Estados Unidos era inminente; por eso, el Departamento de Migración hacía redadas constantemente en cualquier lugar donde se sospechara de la existencia de inmigrantes ilegales, agentes de migración llegaban a las empresas pidiendo documentos y el que no tenía permiso de trabajo lo deportaban. Ese fue el ambiente en que viví durante 3 años y sin poder salir del país, indocumentado, sin seguro y sin permiso de trabajo, aunque resultó un trabajo en construcción y así comenzó mi vida laboral en Estados Unidos.  Me dediqué a trabajar y ahorrar para poder tener la casita algún día y que no faltará la ayuda para la mamá. En ese trabajo duré 6 meses; después pasé a restaurantes de griegos y discotecas de 800 y 2000 personas donde trabajé la mayor parte del tiempo que pasé en el exilio.

La música se estaba convirtiendo en mi mejor compañía, y ya mantenía con el discman y consiguiendo CDS por donde anduviera aun cuando lanzaron el Ipod al mercado, mi pasatiempo favorito era recopilar música para que me acompañara, en mi tiempo libre salía a caminar a Manhattan y como parte de mi rutina semanal entraba a Virgin, la tienda de música por departamentos más grande del mundo, cinco pisos de industria discográfica ubicada en Times Square, la avenida más concurrida del mundo por su flujo de turistas.

A mí me gustaba tomar el subway hasta la calle 140 y bajar caminando hasta la 34 que era donde tomaba el tren de regreso hacia New Jersey. En mis caminatas pasaba por el Central Park donde en verano hacían conciertos gratis y al aire libre. Molotov, Café Tacuba y Control Machete fueron algunos de los grupos que pude apreciar; también visitaba museos y entraba a bares. Pero el mejor, fue el concierto de Manu Chao y Radio Bemba en Brooklyn, fueron 4 horas de fiesta y Clandestino se convirtió en mi himno.

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Mi norte es el sur, mi sueño americano siempre fue Colombia, el futuro es hoy.

If you know your history, then you Will know where you are coming from.

Deambulando, andando y descansando iba buscando cosas pero nada en específico, atento a lo nuevo a ver qué iba resultando. Y aparecen las obras póstumas de Pablo Neruda en una librería de Manhattan por la quinta avenida, y después aparece otro sobre la historia de Fidel Castro y la revolución cubana, pero en el downtown, por Canal Street. Ahí mismo, en esa librería, cerca de la Universidad de New York que tiene un parque abierto donde siempre hay algún artista tocando un instrumento, encuentro el libro Che, compañero. Lo encontré en ese sector alternativo y bohemio de la ciudad pintoresca, de musicales, con tambores y pinturas, con percusiones de tubos, canecas y escobas. En esa ciudad cosmopolita me vi el estreno de la película Diarios de Motocicleta que relata los viajes del Che por Latinoamérica como su punto de partida hacia lo que fue una vida entregada a la lucha revolucionaria.

Creo que he visto la luz al otro lado del río.

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En ese ambiente me encontré a una amiga que también andaba en el exilio por New York. Música, compositora; venía de Cuba donde estuvo viviendo unos años. Nos saludamos, compartimos un café. Mucha melancolía. Nos despedimos y al tiempo, me di cuenta de que su hermano se había suicidado lejos de su familia, en Europa. Su padre y el mío fueron compañeros de lucha y militantes de la UP. Murió víctima de un atentado con una bomba en su lugar de residencia donde vivía con la esposa y sus dos hijos.

Es el sabor agridulce de la vida que va pasando por las calles de una ciudad por descubrir, que poco a poco se va habitando y que mientras se camina se siente cómo se va dejando la zozobra de no saber qué hacer con la vida. Y, aunque faltara poco para obtener mi residencia permanente, lo que significaría alcanzar cierta estabilidad y abandonar el estatus de refugiado, ya en mi mente se estaba formando la posibilidad de regresarme definitivamente y para siempre al pueblo que me vio nacer. Volver a ser un hombre de provincia como José Manuel Arango, contar las historias de los marginados como Alfredo Molano, ser una persona de conciencia crítica como Antonio Gramci, como Walter Benjamín o Theodore Adorno, midiéndolos con la misma vara y teniendo claro que en esta época, un humanista no reproduce la barbarie que critica.

A finales del primer mandato de Uribe se produce la desmovilización de las AUC y yo me tomé más confianza respecto a la situación en el pueblo. Después de varios viajes y pese al constante desacuerdo de la familia, se dio que para 2009 ya había librado la casa y para esos mismos días habían abierto 2 cohortes de sociología en la Universidad de Antioquia, seccional Oriente, donde me dediqué a reconstruir el contexto que vivió mi padre y a ser un militante de la memoria desde las organizaciones de víctimas y la coordinación Reiniciar Antioquia, como un aporte a la verdad del conflicto armado y a la construcción de paz.

Los sueños están al otro lado del miedo. Al final del viaje la pregunta era hasta dónde todo lo que estaba viviendo era un exilio o un auto exilio que me servía de excusa para no luchar por las cosas que me hacían sonreír: como comer uchuvas, ver una gallina culeca, oír cantar los pajaritos o tomarme un tinto en cualquier esquina del pueblo. Por eso aprendí que la libertad se relaciona a la medida en que nos esforcemos a perseguir nuestros sueños así toque transformar nuestra realidad, nuestro entorno y salir del estado de confort, pues la utopía es eso que motiva a movernos.

La siguiente es una lista de reproducción musical con algunas de las canciones que acompañaron a Hernán en su tránsito por Estados Unidos, en la protección de su vida y en la vivencia de una memoria personal del exilio.