Ya habita en la memoria colectiva lo que persiste de la injusticia, pero la habitan también los pedazos de tela rasgados por donde ha entrado la luz. Nuestras caídas, por tiro de gracia, por vejámenes que derraman semen y reclaman sangre. Caídas en prisiones desgarradoras de su humanidad. Nuestras caídas por levantarse han sembrado la tierra de sus historias y son ellas la grieta que deja entrar en nuestros sures la promesa de vencer. Ellas legaron para nosotras esta rabia honda contra un sistema de criminalidad hecho por y para hombres. Tenemos en el corazón el legado, la desolación y el desasosiego para hablar de otra estructura en este mundo que nos tritura la dignidad por el hecho de ser mujeres. Pero legaron también la esperanza, la posibilidad de hacer memoria, y así enfrentar, y así abolir toda estructura que pretenda masacrarnos, porque estamos y estaremos siempre nombrándonos mujeres.

Muchas son las historias de las mujeres caídas en la prisión política, el análisis es desde las dictaduras del cono sur hasta la actualidad, hasta nuestro territorio y nuestro conflicto. De por sí, las prisiones desestiman las necesidades de la población carcelaria, con especial énfasis las de las mujeres, y con el agravante del ataque basado en la dinámica del “enemigx internx”, heredada del Derecho Penal del Enemigo, cuando estas son prisioneras políticas.

En lo siguiente, desarrollo la idea de la prisión política como una experiencia emocional de exilio social, para el caso concreto de las mujeres. Esto, desde los testimonios de mujeres privadas de la libertad por razones políticas.  

La prisión política y el exilio son dispositivos represivos que han servido a intereses estatales y paraestatales. La primera resulta de la pena privativa de la libertad con ocasión de un delito político; es vigente todavía, pero con dilemas profundos que hacen temblar la institución penal. El exilio por su parte, que resulta de la pena de destierro, no tiene vigencia por razones políticas para la actualidad en la mayoría de ordenamientos, pero siendo un dispositivo mucho más antiguo que la pena privativa de la libertad, en la práctica sigue siendo utilizado por grupos paraestatales en muchas ocasiones, como aquellas de las que somos testigxs en nuestros territorios, financiados y ordenados por el mismo Estado.

 

La historia del encierro es la historia del destierro:

En Roma, desde comienzos de la República, empiezan a regularse los derechos de la comunidad patricio-plebeya. El exilium, era la pena sustitutiva de la pena capital por excelencia: la pena de muerte. Quienes lo sufrieron lo definieron como el equivalente en vida de la muerte. Se definió como “aqua et igni intedictio”, en español, el exiliado tiene prohibido el uso de agua y fuego, dentro del territorio, y nadie puede facilitárselos. El destierro pretendía privar de la ciudadanía, esta era, además de geográfica, la que otorgaba los derechos. Quien fuera desterrado perdía más que su residencia; perdía su nombre y posibilidades, protección e identidad. En Grecia, por ejemplo, se les aplicaba a los líderes políticos que estaban adquiriendo más poder del “pretendido”, para frenarlos.

La pena privativa de la libertad, por su parte, vino mucho después y era muy poco utilizada, salvo en el caso de la Bastilla, o para nuestro régimen colonial las cárceles transitorias, mientras los condenados esperaban la pena. Apenas hasta el siglo XIX, es que aparece la cárcel como pena por excelencia.

Hay, sin embargo, una suerte de pasado común entre el exilio y la prisión política particularmente, con las colonias penitenciarias que se ubicaban en algunas islas, (en nuestro territorio hubo en Gorgona y en San Andrés); la intención de estas era atentar contra los discursos recientes de derechos y garantías procesales, puesto que si se saca del territorio no se tienen derechos como el debido proceso, el habeas corpus, entre otros. Era, podría decirse, entrar a la selva, impedir el contacto, desterrar, encerrar, enterrar.

Manzanas podridas: mujeres fallidas

Ahora bien, ¿cómo es que el exilio y la prisión política pueden tener implicaciones específicas desde el análisis del género?, ¿cómo podemos esgrimir las experiencias diferenciales de las mujeres en el exilio y la prisión política?

La institución penal está hecha por hombres, (no sobra añadir que estos diseñadores son poderosos, oligarcas, blancos, occidentales) y para hombres (de condiciones semejantes a las de las mujeres que definiré adelante). No sólo en cuestiones materiales, en las que las condiciones y necesidades, por ejemplo, biológicas de las mujeres son por completo precarizadas, porque el sistema carcelario no está diseñado para ellas, (gestación, ciclos menstruales, IVE, citologías, entre otras). Sino que, además, el sistema penal, está dirigido como mecanismo de control social represivo hacia las mujeres con herramientas simbólicas puramente patriarcales. Así, los códigos penales están hechos a la talla de las preferencias masculinas hegemónicas, las mujeres han aparecido como víctimas de violación, nunca como victimarias; se castigaba el adulterio y el exhibicionismo, pero no la prostitución; las mujeres que abortan, más atrás las brujas, fueron perseguidas y señaladas para decir que era antinaturales y equívocas, por rebeldes. Esto, en función de que las mujeres, despojadas de carácter bajo la sombra del patriarcado, no han sido pensadas como sujetas capaces de cometer crímenes, de desviar la conducta, y aquellas que lo hacen se han denominado “mujeres fallidas” que atentan contra su propia “naturaleza” y que al llegar a las cárceles deben ser “reorientadas” en los caminos sagrados de la feminidad. Así, mientras las actividades y herramientas facilitadas en los centros penitenciarios masculinos han sido, por ejemplo, para ejercitarse, en el caso de los femeninos han sido para tejer, cocinar, modelar…

 

Esto responde también a las características de los hombres y mujeres a quienes juzga con más fuerza el sistema penal y que son casi por completo la población carcelaria. Este es el carácter selectivo del órgano punitivo, resulta siempre afectando a quienes ya han sido discriminadxs por clase, raza, nacionalidad, cultura; y especialmente por razones ideológicas. Se complica entonces, cuando hablamos de prisioneras políticas, para las que las experiencias con los poseedores del “monopolio de la fuerza estatal”, han sido desgarradoras e inhumanas.

La prisión política resulta de la idea del derecho penal del enemigo, de donde se entiende que el Estado criminaliza para perseguir a sus opositorxs; no persigue hechos, sino que tipifica como delitos las ideas, las personas. Esto se ha tratado de acomodar inventando bienes jurídicos afectados, por ejemplo con el “delito” de rebelión, pero es conocido, y  además probado con nombres en los despachos judiciales; rostros y cuerpos en las cárceles, que se retiene sin causa alguna o se imputan delitos no cometidos a supuestos delincuentes políticos. No en vano hoy, en nuestro país, siguen presxs, por falta de voluntad política de los jueces y el Estado, mujeres y hombres que desde la sentencia C-577 de 2014, tendrían que tener de vuelta una libertad secuestrada, que sigue contando como baja de guerra, para quienes llaman “enemigo interno” a lxs opositorxs políticos, como estrategia mediática. Bien dicen que la producción de leyes penales para reglamentar la moral, las ideas, es el camino más corto a los más grandes y atroces autoritarismos.  

A las mujeres, particularmente, a las enemigas internas, las masacra el sistema penitenciario. La guerra es de los hombres, pobres, campesinos, negros; pero de los hombres. Pero que una mujer se diga rebelde, ya es insoportable. Desde militares, hasta jueces y policías, las han juzgado, perseguido, amenazado y abusado de forma diferencial por el hecho de ser mujeres. En los campos de batalla, por ejemplo, el hecho de violar a una mujer del bando opuesto era una forma de mostrar poder, como botines de guerra. Durante las dictaduras, o en Colombia en el conflicto armado reciente, eran violadas por las “autoridades” para sacar información. No tenían nombre propio siquiera, eran la “novia del comandante”, sobrina, hija, cercana. No se las ha considerado capaces de organizar, dirigir, resistir, sino simples animales serviles a la guerra.

 

Oriana recuerda el momento en que la van a detener y cómo su primer pensamiento es dejar algún nivel de protección a sus hijos que dormían en ese momento, pensando que quizás no volvería a verlos.

“Pedí permiso para despedirme de ellos. Aproveché de pasar a mi pieza y saqué de la cómoda una bolsita con cuatro o cinco joyas que estaban guardadas desde mi niñez, recuerdos de familia. Me acerqué suavemente a la camita del hijo mayor, de seis años en ese entonces, y la deposité bajo su almohada.”  – (Oriana Aravena Aguirre, prisionera política en Chile). 

Exilio

Exiliarse por su parte, sabemos ya que se entiende como la separación del lugar de residencia o expatriación por motivos políticos. Esto, ordenado por mecanismos estatales o paraestatales ha tenido también implicaciones específicas para las mujeres. La cuestión es ahora entender cómo la misma cárcel es un exilio, entendiendo las experiencias contadas por las mujeres en el exilio y en la cárcel. El análisis académico sólo encuentra su verdad en el testimonio, en la palabra que tiene rostro, que siendo caída se levanta entre la memoria.

El exilio, como cualquier forma de movilidad humana, tiene implicaciones por las condiciones que lo constituyen. Mantiene el carácter de castigo, y aun siendo la huida conserva el mensaje original del destierro. El abandono o la muerte. Dejar todo lo conocido, sin la posibilidad de renunciar. Vuelve a ser eso que ya describieron, lo más cercano en vida a la muerte. Tal y como resulta ser la cárcel para las privadas de la libertad por razones políticas: un castigo, una venganza contra el enemigo interno, una “baja” que mantiene con vida entre la tortura de la lejanía, la privación, la pérdida de la identidad, el nombre. Entre la pérdida de lo propio, lo que se conoce, lo que se defiende.

“Respiré viento, con las piernas incrédulas de caminar, renacida en el anticristo de la sociedad.

No siento lágrimas, estoy drogada sin consumir, con las vísceras contraídas” – (Luna, indígena, desde la cárcel, Centro de Reinserción Social (Cereso) femenil de Atlacholoaya, Morelos, México)

 

Para las mujeres, desde el momento de la sentencia, de quien sea que la obligue, ya existe el peso directo o indirecto de la sociedad que habita. Si tiene hijos, padres, hermanos, cercanos, está en el aire la densidad del juicio por abandono, “¿para qué se mete una mujer en lo que no debe, para abandonar luego su rol de cuidados y amor incondicional, si es aquella su virtud y obligación?”. De estar sola, sin embargo, la crítica persiste “para eso se quedan solas, para estar descarriadas”, o, “¿qué podrá hacer sola?”, incapacitándola.

En el momento de ser condenadas a una pena privativa de la libertad, las mujeres son víctimas de múltiples juzgamientos, todos los cuales, incluso el penal, están más o menos permeados por el rol que se espera de ellas en la sociedad. La experiencia es la misma cuando deben abandonar sus vínculos, su vida, de repente son desterradas y no faltan juicios desde todos los espacios que habitan. La experiencia emocional es la del exilio, el abandonar forzosamente, por razones políticas.

“Para que no me sienta desterrada, desterrada de mí debo sentirme,

y fuera de mi ser y aniquilada, sin alma y sin amor de que servirme.”

( Concha Méndez, prisionera y desterrada en México)

Luego está el abrirse paso en el mundo occidental y hegemónico, que hasta en el último rincón, ha nacido del patriarcado. Ya ha dejado el lugar que habita, el lugar donde se hizo camino, llega a otro con el peso de ser una “mujer fallida”, desviada, quede haber seguido su rol “natural” no estaría en esa situación. Y llega “de cero”, sin legitimidad o posibilidad alguna más que la de vivir con miedo, del que heredó de haber nacido y haberse nombrado mujer.

Mal que bien, en un territorio conocido, las mujeres se agrupan, construyen colectividades que terminan siendo trincheras. Estar “solas” ya constituye una amenaza según enseña la experiencia, sumarle la expulsión, la segregación, agrava la condición. La cárcel, como el exilio, son en contra de la voluntad, y, lo que es más, son la pérdida de la voluntad. Las mujeres pierden en el momento de habituarse a estas condenas una realidad y lugar en el mundo que, hasta el momento con sudor y lágrimas, se habían construido. Las relaciones en las cárceles femeninas también están permeadas de patriarcado. Como cualquier calle de un país que se desconoce, aunque intensificada, es semejante a la experiencia del destierro.

Es mi única patria la palabra.

Esta palabra viva que derramo

azul y roja, gris, o negra y blanca,

ayer y hoy, mañana, tantos años.

(Concha Zardoya, exiliada de Chile)

El exilio, tal y como se conoce, para las mujeres, más que para los hombres, ha significado la pérdida de acción y legitimidad política en los espacios de los que hacían parte, donde se formaron, donde militaban cuando resultaron exiliadas. Hay muchas experiencias en las que el exilio permitió el avance para la conformación de redes y apoyo internacional. Pero para las mujeres exiliadas es más complejo mantenerse involucradas, por las mismas razones que les costó más trabajo abrirse lugar en los espacios de reivindicación.

La militancia de las mujeres se ha construido desde la lucha individual y colectiva en los debates, desde la presencia. La política criminal del enemigo interno ha pretendido justamente separar a las prisioneras políticas, como a los exiliados que se cree tienen poder en el movimiento, para segregar el mismo. En ocasiones se logra seguir manteniendo contacto con exiliados y encarcelados, y de ello hay evidencias en cárceles masculinas. No pasa esto con las exiliadas y encarceladas, quienes constantemente pierden la posibilidad de interactuar y cortan durante ese tiempo o definitivamente su militancia.

Sería ilusorio decir que el exilio es una experiencia que equivale plenamente a la de la privación de la libertad por razones políticas. Pero es necesario decir que la cárcel es una experiencia de exilio, es uno de entre los vejámenes emocionales a que son sometidas lxs prisionerxs políticxs. Ahí la importancia de nombrar como exilio la prisión política, para empezar, preguntarse por las visiones de la justicia, por el clamor de sangre por sangre. El análisis del exilio deberá servir para escuchar a ese otro, esa otra en movimiento y cuestionarse la propia estadía como un privilegio, o si se quiere, una licencia que se le ha dado a lxs poderosxs. ¿Cómo es mi quietud la cárcel de otras, como es mi silencio lo que no deja escuchar su grito?

Sólo muere quien se olvida. Cómplices

El exilio de la prisión política, la prisión misma, el hacinamiento. La tortura es el espectáculo al que asistimos todos, todas hoy. Lo presenciamos y nos hemos dado al convencimiento absurdo de que quien no lo vive, no lo siente ni ha de padecerlo. Prohibir el fuego para que sigamos dentro de la caverna, y el agua para no dejarnos sembrar. La cárcel es el exilio, es el despojo de la humanidad, aún si no estamos para verlo.

*Los audios aquí escuchados han sido grabados por la autora y tomados también de documentales como Semillas de Guamúchil y Rosas y Fusiles.