Desarraigo:

Morder la tierra con las manos, caminar dejando huellas migratorias difusas sobre el suelo sin patria. No volver al nido de ramas secas, abandonando los vientos venideros, el sol que alumbra hasta no dejar sombra, las mañanas gélidas agradecidas de salvia cañera en trapiches arrastrada por las bestias. Las balas y el terror. Fue mejor escapar a la velocidad de la ráfaga refugiados en ecos de recuerdos; grito mi nombre y nadie responde en el acantilado vacío de un país que no es el nuestro.

Y volver siempre a los presagios vencidos mientras se sostiene con poca fuerza las ruinas del ayer, del hoy y del mañana. Mentiríamos al decir que regresamos siendo los mismos o que nunca cambiaríamos, somos vestigios del futuro sin cumplir, para los que sueñan y anhelan un buen vivir mientras escapan a la muerte. Primero muerto que arrodillado decíamos, luego inclinados ante la inmensidad de lo incomprensible ¿Quién explica entonces cómo desaparecieron las lenguas primarias o los conjuros de nuestros ancestros?  Nada de esto tiene sentido mientras lo narre un exiliado sin su propia voz porque todos hablan por mí.

¿Qué si me dispararon?, ¿que si me expulsaron?, ¿que si soy desplazado? La respuesta es inútil para recuperar la bala perdida lanzada por el demiurgo ciego, porque la guerra es una montaña de cuerpos vencidos, vencedores y la única mentira es que nunca tuve que ver con la guerra de mi país.

Vuelvo a casa, ¿pero cuándo? Jamás sentiremos la firmeza de este suelo, todo tambalea en un devenir incierto, yo que prescindía de los gestos cotidianos y amontonados ahora los veo lejanos. Arrojo mis manos con fuerza al vacío, pero solo atrapo ausencia con olor a tierra, entonces imagino para no comprender ni entrar en razón, deambulo por los pasajes secretos de las memorias de mi pueblo y me veo foráneo del viajero que algún día fui.

 (S o s )

seremos sombras suficientes sin sentido, sin suelo, sin sueldo, sin saldo. Saciaremos situaciones solubles; salir, sentir, soñar, sucumbir. Sinceramente se siente solo situarse sabiéndose sin…

Arraigo:

La tragedia rural en Colombia forjó los techos de cartón, y como bárbaros llamamos invasión a la ocupación de tierra. Mientras en Europa les llaman refugios a los suelos provisionales en vez de llamarle hogares, lavan sus manos para limpiar las bacterias de la xenofobia y el patriotismo. Recuerdo en las calles de Francia verme por unos días apátrida y melancólico, sentir entonces un corazón negro africano o latino y venezolana, pero mi corazón es una isla… el sabor del Caribe me lo recordó las lágrimas cerca al Mediterráneo. Imaginar los campesinos huyendo hacia las grandes ciudades, llevando a cuestas una casa fabricada por los recuerdos, llegar a las grandes metrópolis, las calles, los autobuses y el progreso. No se puede describir con precisión lo que significa no tener tierra entre las uñas, barro en las botas, visualizando el filo del machete que se oxida y se desgasta en el rincón del patio, tragado por la espesura del monte y Bancolombia comprando esa misma tierra “de buena fe”.

Vemos paisajes labrados por manos que saben cuidarles. La reforma rural que nunca llegó porque en el proceso de paz nos quedamos en prólogo; tantos esfuerzos destinados a resembrar los campos terminaron germinados en seguridad, militarización y concentrado para la bestia del narcotráfico. El arraigo a lo baldío, una tierra sin explotar para los ojos ajenos y pretenciosos del capital y para rematar una pandemia que nunca sumará los cuerpos sin vida como el conflicto armado.

Lejos de casa se puede ver morir el sol lentamente, desde la tierra donde el sol siempre provoca sombra y a medio día no se eleva sobre el cenit, pude sentir la inmensa eternidad del estar a kilómetros  de distancia, y desde allí ver a mis hermanos y hermanas arrojadas a la miseria de la migración, con un corazón que palpita en casa ajena, esperar la noticia de unas fronteras que se abran, acudir a los socorros populares, enviar cartas a la Cancillería , Migración y aerolíneas.

Aquí y ahora sé para qué valen las fronteras, las banderas y las patrias. Sirven para sentirse en desarraigo, no contentos de ser viajeros en un mundo que flota y navega por la vía láctea. Hemos creado la peor de las formas para relacionarnos en la tierra que pisamos, se llama propiedad privada, se llama país, se llama ser colombiano, venezolano, español y francés.

Este será un diario de migración, distópico, de rabia, pero colmado siempre de una extraña esperanza sin rostro, con una frase que aclara el final que: “la solidaridad es la ternura de los pueblos”.

 

Foto: Avignon. Sur de Francia, La Provenza 2020.

Ilustración: ‘Desarraigo’ – Lucas Rendón M.

 

*Este texto es el préambulo del diario de una pandemia de quien vivió un episodio migratorio, distópico, de rabia y esperaza.

I entrega.