Hallo, guten Tag! los saludo en alemán y les hago confidentes de mi propia historia…

El 18 de febrero de 2017, a las 19:05 salía mi vuelo rumbo a Alemania. En el aeropuerto me acompañaban mi familia y mis mejores amigos. Mientras ellos intentaban disfrutar las últimas horas conmigo, yo no supe valorar ese instante de despedida. Los nervios y la incertidumbre me robaron la noción de ese momento. La última imagen que puedo recordar de ese día es la de mi mamá llorando sin consuelo mientras me veía entrar por la puerta de salidas internacionales. Si hubiera sabido que la iba a extrañar tanto, me habría dado vuelta para abrazarla una vez más.

Nunca he sido una mujer de ciudad, viví mis mejores años en Marinilla, Antioquia y de repente me encontraba en Fráncfort del Meno. Jamás me había sentido tan imperceptible, tal vez eran los nervios que me hacían ver a las personas más grandes de lo normal, todo me parecía novedoso, hasta los edificios, las calles, la gente tan rubia y de ojos azules, la combinación entre historia y modernidad. Mientras yo me detenía a observar la ciudad, perdida entre todo lo que mis ojos no alcanzaban a observar, ella seguía corriendo sin pausa. En esta metrópolis todos tienen afán, gente muy elegante, paquetes grandes de las compras; rostros de todas las culturas, algunos de ellos turistas. Lo más interesante, es que todos caminan sin percatarse, ni por un instante, de la existencia del otro.

Fue un proceso muy largo y frustrante aprender este idioma. Cuando hablo en alemán, siento como si tuviera otra personalidad. Quienes me conocen saben que me encanta hablar, hacer bromas y contar historias; pero en alemán me quedo en silencio aun sabiendo cuál sería mi reacción si lo pudiera decir en español. En medio de esto, aprendí a comunicarme de otras maneras, las señas son mis mejores aliados cuando me falta un término para complementar mis frases.

La vida en Alemania cambia y se adapta según las estaciones. En invierno las personas se quedan en casa, toman vino caliente y visitan una vez en la temporada los mercados navideños. El frío hace que necesites de la compañía y el calor de la gente. En ese primer invierno aprendí a valorar cada rayo de sol, porque durante tres meses anochece a las 16:30 horas, todo está húmedo y los días son más grises.

Al llegar la primavera o el verano te emocionas por ver nacer las flores, por cómo huele la pradera y por salir a caminar acompañado de una buena cerveza. En otoño, entiendes que la naturaleza se prepara para un nuevo ciclo del que también eres parte. Las hojas empiezan a tornarse de verde a vino tinto y caen de los árboles para posar en el suelo. Hay atardeceres dorados en los que el sol poco a poco se despide hasta llegar el invierno. Las personas se tornan más tranquilas y melancólicas, se dejan de ver en las calles los vestidos de colores llamativos con estilo de playa, y en su reemplazo aparecen abrigos largos y oscuros.

Según los estereotipos, los alemanes son fríos y “cuadriculados”; según mi experiencia, son personas sinceras, curiosas, hospitalarias y estratégicas. En este país se toman la amistad muy en serio, cuando un alemán te abre su corazón puedes estar seguro de que tienes un amigo para toda la vida. Les encanta aprender a bailar salsa y reguetón, admiran el movimiento de caderas y la alegría latina, aman la comida colombiana y poco a poco han entendido que Pablo Escobar, Shakira y Falcao no son los únicos íconos colombianos.

Desde que vivo en Alemania me siento más colombiana que antes. La distancia hace que cada vez que escuche una salsa o una cumbia los pies se me muevan solos. Buscas amigos latinos para poder hablar en español y tratas de encontrar en YouTube las recetas que nunca aprendiste de arepas, patacones y bandeja paisa, para recordar un poco la sazón colombiana y la comida de mamá.

En diciembre extraño el año viejo, Los Cantores de Chipuco, la natilla, los buñuelos y los traídos del niño Dios. Extraño las fiestas de La Vaca en la Torre, tomarme un juguito de lulo en el parque de Marinilla, ir a Guatapé los domingos e irme de rumba a San Antonio. Las cosas que menos pensé que me harían falta son las que me hacen sentir extranjera en este país.

En agosto del año pasado regresé a Colombia para visitar a mi gente. Cuando vi a mi familia después de casi tres años sentí una combinación entre melancolía y alegría; a mi madre hermosa ya le salían algunas canas, mis hermanos tenían barba y la voz más gruesa, mi hermana menor, a la que dejé siendo una niña ya era toda una señorita. Ahí es donde te das cuenta de que te perdiste de algo que nunca podrás recuperar: tiempo.

Estuve un mes en Colombia; fueron días hermosos, llenos de color, paisajes, sabores, gente bonita, viejos amigos y la mejor música. Los días corrían y yo sentía que no me alcanzaba el tiempo para disfrutar de mi país. Esta vez, para regresar a Alemania era yo la que lloraba sin consuelo en la entrada del aeropuerto y mi mamá la que me miraba partir desde lejos, tranquila, como si el tiempo le hubiera enseñado a dejarme ir.

Estudio en Philipps Universität Marburg, justo donde se formaron como filólogos e investigadores culturales los escritores de mis historias favoritas, los Cuentos de los Hermanos Grimm. Recuerdo que desde pequeña me levantaba muy temprano para ver estas caricaturas que pasaban los fines de semana por Caracol tv. En honor a Jacob y Wilhelm Grimm, se construyeron esculturas de sus cuentos por toda la ciudad universitaria de Marburgo.

Vivir en Europa no ha sido un reto fácil. Cuando me siento triste, tengo como ritual salir a caminar. Al ver estos monumentos pienso que nuestros pies nos llevan a donde tenemos que estar. Valoro mi ahora y me siento feliz de poder vivir mi realidad. Así aprendí a construir mi hogar independientemente del lugar donde me encuentre.

Para financiarme aquí, ya no puedo trabajar como lo hacía en Colombia de comunicadora social, pasé de una vida de oficina a trabajar como mesera, cuidando niños o personas con discapacidad. A veces mi ego hace que me sienta culpable por el giro que le di a mi vida. Compenso esos sentimientos de frustración cuando regresan a mi mente todos los lugares increíbles que he recorrido en este continente, el poder decir que he conocido a personas de todo el mundo y la sensación de saber que sí puedes lograr todo lo que algún día veías tan lejos o casi imposible. 

Muchos de mis conocidos y amigos me han preguntado por qué tomé esta decisión. La respuesta no es fácil para mí, aunque es una de las más comunes por las cuales las personas migran, la falta de oportunidades. Vengo de una familia humilde, desplazada por la violencia. Los últimos años, mi mamá, siendo cabeza de hogar y yo como hermana mayor de tres hermanos, hemos afrontado los retos más inesperados de esta vida.  Terminé mi pregrado en una universidad privada, pero financiada por una beca, de no ser así, creo que jamás hubiera entrado a una universidad. Pensé que el ser profesional sería suficiente para tener una vida digna y seguir cumpliendo mis sueños, pero no fue así. Y nadie puede negar que cuando hay necesidad, qué puedes responder ante una oportunidad como esta.

Mi motor es mi familia y mi sueño más grande es que mis hermanos puedan ir a la universidad como yo. Con un sueldo mínimo en Colombia jamás podría sostenerlos económicamente y al mismo tiempo brindarles esa oportunidad. Cuando me vi enfrentada con esa realidad, entendí que a veces hay que migrar pues, como dice el dicho, nadie es profeta en su tierra.  

Cuando las personas miran las fotografías que comparto en mis redes sociales, creerán que llevo una vida soñada. A algunos les entra la curiosidad y me preguntan –“¡Ve! ¿Y vos cómo hiciste para irte pa´ allá?”, como si fuera una fórmula que se puede copiar. Estar aquí me ha costado lágrimas, soledad, angustia, trabajo doble y ante todo perseverancia y paciencia, pero es una experiencia que deseo que todos los seres humanos pudieran vivir.

El primer año hice un voluntariado con personas con discapacidad, en ese tiempo me preparé para el proceso de admisión a la Universidad y el examen de alemán que inclusive perdí tres veces; con eso demuestro que no es la tercera vez, sino la cuarta la vencida. Pensé que iba a perder mi oportunidad de estudiar aquí. El sistema educativo en Alemania es muy diferente al nuestro: para presentarme a la maestría tuve que iniciar con módulos de Ciencias Políticas para complementar el conocimiento requerido en el posgrado de Estudios de Conflicto y Paz y Desarrollo Internacional.

Después de tanta incertidumbre y haber escuchado tantas veces la palabra NO, ya se podrán imaginar la alegría mi primer día en la Universidad. Inicié con todos los “primíparos” o como les llaman en alemán, ersties. Me reía de la cara de pánico de los jovencitos que acababan de salir del colegio, sin percatarme, que aunque esa fase ya la había experimentado, era la misma cara de novata que yo tenía.

Estudiar para mí jamás será lo mismo, menos si es en alemán. Antes me encantaba hablar en público, hasta trabajé en medios de comunicación donde no me importaba ser observada. Pero aquí, me muero de pánico, me sudan las manos y me tiembla la voz, cada vez que tengo que exponer algún tema o participar en clase cuando veo a todos esos alemanes con su cara de asombro, y al tiempo de gracia por mi acento raro pronunciando su idioma. Aquí me mantengo, una primera, segunda vez odiando y amando estudiar; leyendo textos como El Capital de Karl Marx, que ni sé si en español podría terminar de entender. Me apasiona lo mucho que he aprendido en tan poco tiempo y tengo fe de que todos estos esfuerzos construirán un futuro, no sólo para mi familia, tal vez también para mi país.

Estoy segura de que a pesar de la distancia hay una conexión especial entre los seres humanos. En esos días en los que la soledad toca la puerta, donde te pasas las noches en vela por recordar más de la cuenta y querer estar allá al otro lado del charco con los tuyos, me entra una llamada de un amigo o de mi mamá. Es como si sintieran que necesito que me pregunten cómo estoy, porque al final la distancia es más difícil para el que se va que para el que se queda.

La Kelly que partió ese día con sus maletas llenas de recuerdos, ha cambiado, pero, en esencia sigo siendo la misma, pues como dice mi canción favorita de Mercedes Sosano cambia mi amor por más lejos que me encuentre, ni el recuerdo, ni el dolor de mi pueblo y de mi gente. Y lo que cambió ayer, tendrá que cambiar mañana, así como cambio yo, en esta tierra lejana”.

Aún no sé cuándo pueda visitarlos, hasta que tenga esa dicha seguiré mirando las fotografías que están colgadas en la pared de mi habitación para no perder la sensación de que aún están aquí. Y como se despiden en alemán bis ganz bald und liebster Grüße, hasta muy pronto queridos.