El nacimiento de las orquídeas

Por: Luisa María Gallo G.

Según Human Rights Data Analysis Group, en el marco del conflicto armado han sido sepultados más de 462 cuerpos sin identificar en el cementerio de Rionegro. Este relato ficcionado tiene sus pies en la historia de tantas familias, especialmente de mujeres, que han buscado pistas que les permitan encontrar a los seres que les fueron arrebatados.

Muchas veces se sentía cansada de subir escalas. Sentía el esfuerzo de su cuerpo por los kilos de más que pesaban como piedras cada vez que alzaba una de sus piernas. Sin embargo, para llegar allí era diferente. Sacaba -de Dios sabría dónde- la fuerza para escalar hasta la colina, uno de los puntos más elevados del pueblo. Cada día hacía lo mismo, era su propia  búsqueda. Su familia creía que su obstinación había dejado de ser valiente. Ahora la veían como una madre que no conocía el valor de la aceptación, pero ¿cómo hacerlo? 


Años antes había llegado a Rionegro, al pueblo que había recibido a tantos que, como ella, habían sido desplazados por la guerra. Allí eran menos que los que habían vivido en la montaña. Su familia se había ido, partiendo como el nacimiento de un río que toma nuevos rumbos. En su caso, muchos de ellos no habían alcanzado la dimensión para ser siquiera una quebrada. Algún deslizamiento los había taponado quitándoles toda posibilidad de vida. 

La primera vez que subióese montón de escalas grises no había imaginado que ese ritual le daría sentido a sus pérdidas. Dos de sus hijos. Dos de su vientre. Dos sin madre. Dos sin nombre. Además de que creía que en ese lugar podría encontrar algo que la condujera a ellos, subía para mirar hacia el frente y hacia arriba. Desde La Colina del Cementerio había visto la evolución de los edificios que empezaban a construirse en el pueblo y ese cielito tan azul que, así como el paisaje, a veces perdía color. En ese lugar podía tener contacto con un poquito de verde, para recordar su vida anterior con los sonidos de los pájaros y fantasear que le echaba agüita otra vez a las orquídeas que estaban fuera de la casa de tapia. Imaginaba la alegría de encontrar los huevos que habían puesto las dos gallinas rojas y la leche tibia en las madrugadas frías luego de ordeñar a la vaca negra llamada Noche. 

Ese mismo día que conoció el lugar donde están acostados los muertos, le contaron que justo en la entrada estaban los restos de algunos señores que habían hecho parte de la historia del país, que habían ayudado dizque a que fuéramos libres. Ella no supo quiénes, pero tampoco se interesó, además no entendió a cuál libertad se referían. Solo vio una fachada blanca con una bola vinotinto encima y dos columnas gruesas a lado y lado que la invitaban a entrar. Parecía el portón de una finca de ricos.  

Pasó cerca de la reja y caminó mirando ese montón de tumbas blancas adornadas con flores marchitas o de mentiras. Ana Lucía. Luis Jaime. Juan José. Emilio. N.N. Así le dijeron que estaban muchos sepultados de los que no sabían casi nada. Se detuvo y pensó en la calma que sentiría si allí de verdad pudiera encontrar al menos a alguno de sus hijos. Sería una incertidumbre menos y unas oraciones más claras para pedirle a su Dios que lo aceptara en el cielo, que le diera paz eterna. 

En esas estaba cuando se le acercó un hombre. Era el sepulturero. La saludó y ella le contó qué era lo que estaba buscando. Él le respondió que así como había visto esa lápida marcada, había otras 461 con las mismas letras en los últimos años, que a ese cementerio eran muchos los cuerpos sin identificar que habían llegado. Le pidió que caminara con él y sacó sus cuadernos. Listas y listas de nombres, fechas y números. Cada tanto veía algún renglón donde se leían dos ene juntas. 

Le pidió al hombre que buscara el año en el que habían desaparecido sus dos hijos. Dos mil tres. Pasó las páginas y vio que empezó a abundar el registro de los sin nombre en el cuaderno. O sea que había más mamás como ella. El sepulturero le contó que ese año desgraciado, algunos uniformados habían llevado en varias ocasiones los cuerpos de hombres y mujeres sin ningún dato. En ese momento se sintió triste y pensó que sería mejor volver al día siguiente. 

Mientras caminaba entre las tumbas escuchó un fuerte ruido y buscó de dónde salía. En una lápida blanca que, con letras rojas, marcaba N.N. vio cómo salían muchas orquídeas blancas y amarillas. Eran de las mismas que sembraba en la finca. La fuerza de las flores había agrietado el cemento. Miró sin poder creer lo que veía y tocó una de las orquídeas con sus dedos agrietados. Esperó hasta que dejaron de brotar. El sepulturero a lo lejos la miraba sin poder moverse. 

Ella miró al cielo. Decidió volver a casa. En su corazón sentía que ese cuerpo ya tenía nombre. Seguiría subiendo esas escaleras grises hasta que alguien en ese país tuviera la voluntad para buscarle identificación a todos esos cuerpos y entonces ella supiera, ya no solo con su corazón, que allí estaba uno de sus hijos. 

Collage: Marsaurust.