El alma de las cosas

Por: Mayra Hernández.

Cuándo veo a mi abuela sentada en esa silla mecedora que por generaciones ha sido huésped de las almas que han dejado su último suspiro en ella, sólo me pregunto, ¿por qué se aferra tanto a esa cosa?

Ella sabe que hay miles de sillas como esas y mucho más cómodas. 

La verdad es que tiene algo que atrae, también me gustaba mecerme en ella hasta que supe la historia, pero es como si de alguna manera en la casa supieran todo lo que ha pasado allí y como si conservando la silla también conservaran a las personas que allí murieron.

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He podido ver cómo se siente en mi cuerpo el dolor del otro y me he preguntado para qué sirve el cuerpo, para qué siente.

A veces solo me siento como un recipiente, no hay un hilo por donde pueda comenzar la historia, se supone que debería decir que esta historia comienza por mi nacimiento, pero no. 

Yo nací con mi bisabuela porque nací con las historias dolorosas de las mujeres de mi familia, incluso puede que haya nacido antes, pero la memoria de quienes me rodean me han parido allí con ellas.

La incidencia que han tenido los hombres en la vida de las mujeres de nuestra familia ha sido particularmente horrorosa. Sin embargo, el destino de los hombres de la familia también ha sido marcado por la violencia.

Son tantas cosas que decir. Un entramado que pareciera no desenredarse. Hasta donde conozco la historia, mi bisabuela fue maltratada por su esposo y cuando nacieron los hijos varones, mi bisabuela fue quien se encargó de enseñarles que a la mujer hay que ponerla en cintura, como se dice, y a sus hijas mujeres les enseñó que a Dios no le gustaba que desobedecieran a los maridos.

A veces me pregunto: ¿qué hubiese sido de la vida de todos si Dios fuera mujer?

El caso es que mi abuela creció creyendo que la presencia de un hombre en su vida era tener a Dios en la casa.

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Mi bisabuela, mi abuela, mi madre, mi tía, mis amigas. Mis abuelos, mi padre, mis amigos,
Es una historia que no se cuenta sola.

Mi bisabuela, fue abusada por su padre y por su esposo, mi abuela lo supo en los últimos días de vida de su madre, pues debió cuidarla. Resulta que mi abuela también había sido tocada por su abuelo, el mismo abusador de su madre.

Mi abue creció en Nechí y allí vivió con sus 5 hijos, mi abuelo trabajaba en una finca y sólo iba los fines de semana a la casa. Una noche se metió un grupo armado y sacaron a muchas mujeres de las casas, las llevaron al cementerio y abusaron de ellas, incluidas entre ellas a mi madre. Mi abuela trató de protegerla en todo momento pero fue golpeada, incluso trato de tomar el lugar de mi mamá pero no la dejaron.

Después de ese acontecimiento llegaron a Caucasia. De los 5 hijos de mi abuela las últimas dos eran mujeres, mi madre Yadis, y mi tía Luz, la menor.
Al año de llegar a Caucasia , sentada en el corredor de la casa y en esa silla mecedora espeluznante, cuando estaba cumpliendo 15 años, fue asesinada mi tía Luz.Mamá se fue a Cali, nació mi hermano mayor y después de eso el papá de mi hermano la abandonó. Volvió a casa, conoció a mi padre, nací yo y al año y medio nació mi hermano menor.
Cuando sólo teníamos 3 y 1 año, asesinaron a mi padre, el 18 de enero del 2000, 26 días después de mi tercer cumpleaños, 6 antes del suyo y 13 días antes del de mi hermano menor.

En esa silla mecedora cantó mi último cumpleaños.

Otro dato curioso de la familia, es que los eventos trágicos están ligados a fechas especiales, casi siempre a cumpleaños, desde que nos hicimos conscientes de ello, no celebramos, sólo dejamos pasar el día, a veces con la ansiedad de que nada malo ocurra.

Es como si en cada cumpleaños, se cumpliera un ciclo, no sé qué tan supersticioso parezca, pero preferimos verlo como patrones.

Archivo gráfico: Doris Lorenzana.