Un juego de niños

Por: Juan José Macía.

Viernes. Cinco de la tarde. Salgo al balcón a ver la cotidianidad de mi cuadra mientras cae el sol Los niños juegan. Uno de ellos, de aproximados ocho años, se esconde tras un poste de luz, deja ver su brazo izquierdo estirándose mientras sostiene un palo en sus manos. Apunta al jardín de la casa del frente, allí se esconde otro niño de cabeza rapada que asoma la cabeza por encima de un pequeño muro, quien con su mano simula el lanzamiento de una granada. 

  • ¡Taque-Taque!, dice el uno.
  • ¡Boooooom!, responde el otro.

Esconden sus armas de madera, se mueven como queriendo esquivar las balas invisibles que salen de sus dedos. Los niños juegan. Hay guerra en mi cuadra. Un fuego imaginario cruza de un frente a otro en una batalla que a simple vista parece inocente. 

Hay guerra en Colombia. Otros niños no pueden jugar. El fuego –esta vez real- cruza cuadras, canchas, calles, barrios, ríos, montañas y veredas del país derramando sangre, creando zozobra y dolor. 

Pienso en Mambrú, ese personaje de rondas infantiles que tantas veces cantamos en nuestra infancia. Mambrú, el mismo que tuvo que ir a la guerra, que causó dolor y pena, y del que nunca supimos si volvió o si por el contrario se quedó engrosando las largas cifras de muertos y desaparecidos como las que ha dejado la guerra en este país. 

Mientras los niños juegan y en mi cabeza tarareo en bucle la letra de Mambrú, me surgen varias preguntas: ¿Cuántos años tendría Mambrú cuando se fue a la guerra? ¿A qué ejército perteneció? ¿Quería ir o lo hizo por obligación? ¿Tuvo otra opción? ¿Cuántos niños y jóvenes en Colombia fueron lanzados a la guerra al igual que Mambrú? ¿Es la guerra un juego de niños? 

Según la ONG Save the Children en el mundo hay 18 países donde aún existe el reclutamiento forzado de menores de edad. Solo uno de ellos está en América Latina: Colombia. La presión de grupos armados ilegales en zonas rurales, la desigualdad, la falta de educación y la intimidación de bandas dedicadas al microtráfico en las zonas urbanas, son algunas de las principales causas de esta forma de victimización. Es difícil encontrar una cifra exacta sobre el reclutamiento de menores en Colombia, debido a los subregistros que hay al respecto. Según las autoridades encargadas de llevar estos datos, como el ICBF o la Defensoría del Pueblo, uno de los principales obstáculos para tener cifras exactas sobre este delito es la falta de denuncia provocada por los temores infundados por los mismos grupos armados ilegales que lo cometen.  

Hace un rato les hablaba de la guerra que se libra esta tarde de viernes en mi cuadra… ¿la recuerdan? La misma de las armas imaginarias, pues hay noticias. Los niños siguen jugando. Cada vez son más. Parecen tener sus roles claros: mientras uno dirige, logro ver como un niño delimita con un arma-todo el territorio del ejército al que pertenece, y otro más calibra su cauchera. Las armas ya son reales. 

Veo eso y vuelvo a recordar a Mambrú: ¿qué rol le tocaría cumplir en la guerra? Al buscar en la página de la Unicef me encuentro con que los niños –hombres- reclutados asumen funciones como combatientes, cocineros, raspadores de coca o mensajeros. Por su parte, las niñas –mujeres-, además de cumplir estas mismas labores, también son reclutadas con fines sexuales, iendo abusadas en medio del conflicto. 

Si bien el Acuerdo de Paz entre el Estado colombiano y las FARC generó cierta esperanza de que los índices de reclutamiento forzado de menores se redujeran; la realidad –al día de hoy- es otra. La Unicef alertó que a raíz de la pandemia, el 97% de niños, niñas y jóvenes de América Latina dejaron de asistir presencialmente a las escuelas, lo que incentivó su reclutamiento por parte de grupos armados en especial en esos territorios con brechas sociales históricas. 

Según la Alta Consejería para los Derechos Humanos, departamentos como Antioquia, Cauca y Chocó, en ese orden, fueron los tres donde más niños y jóvenes pasaron a formar parte de grupos armados ilegales el año pasado. Antioquia encabeza la lista con 70 casos detectados; sin embargo –insisto- estos datos son apenas subregistros. 

Durante los primeros cinco meses del 2020, el Ejército Nacional reportó 191 menores de edad que fueron recuperados del brazo de grupos ilegales; mientras que el Ministerio de Defensa reportó que tan solo 35 menores fueron desvinculados del conflicto. Cifras que evidencian la falta de consistencia en los registros oficiales de menores de edad vinculados a algún grupo armado. 

La Coalición contra la vinculación de niños, niñas y jóvenes al conflicto armado en Colombia, Coalico, alertó que regiones como el litoral pacífico y el Bajo Cauca antioqueño son donde más se da esta práctica. Allí, además de la presencia del ELN y disidencias de las FARC, hay otros grupos armados ilegales como Los Caparrapos, el Bloque Virgilio Peralta y las Autodefensas Gaitanistas. 

En este punto cabe aclarar que no todos los casos de reclutamiento de menores son forzados; pues hay situaciones en los que unirse a un grupo armado puede representar para niños, niñas y jóvenes una salida  de la pobreza extrema, en especial en zonas con limitadas oportunidades de empleo y situaciones claras de inseguridad, en las que los grupos armados les proporcionan protección, comida y la posibilidad de una familia sustituta.

Si bien los organismos gubernamentales tienen conocimiento de cuáles son los grupos armados con mayor número de menores reclutados, la situación en cuanto a la impunidad es preocupante. Según la Fundación Ideas para la Paz, desde el 2017, las autoridades no han condenado a ningún miembro de grupos armados ilegales por este delito, a pesar de la obligación que tiene el Estado de investigar, sancionar y reparar a las víctimas. 

Por su parte, la Fiscalía tiene un registro de más de 4.500 procesos por reclutamiento forzado abiertos entre los años 2000 y 2019 en el país. De estos, únicamente 47 llegaron a etapa condenatoria. Es decir, el 99% de estos procesos quedaron en la impunidad y sin una condena clara en contra de los victimarios. 

¿Recuerdan al niño de las caucheras? En medio de esta guerra en mi cuadra le apuntó a la ventana de una vecina. Todos corren, se ríen y se esconden. La vecina enojada lanza un regaño desde el marco que dejó la ventana rota. En la casa de la esquina sale un niño pateando un balón, invita a los demás vecinos a ir a la cancha y cambiar de juego. Ahora no jugarán a la guerra, sino al fútbol. Parece que hay un cese al fuego en mi cuadra. Cierro los ojos y pienso: ojalá sea en todo el país. 

Los niños juegan. La guerra no es juego de niños.