Explotación ambiental: una fiebre histórica

Por: Liceth Zuluaga.

La dicotomía conceptual y academicista que se ha establecido entre naturaleza/cultura tiene todo que ver con la explotación de los recursos naturales que, hasta la fecha, hemos experimentado. La separación de la especie de su entorno y la ruptura con su unidad ha generado discursos de dominación y mercantilización que hoy podríamos problematizar.

Para dar contexto alrededor de lo que hoy denominamos recursos naturales, se vuelve importante remitirse a la edad media enmarcada entre los siglos V al XV, donde la implementación de actividades manufactureras separa a las sociedades de las actividades agrícolas y, por ende, se hace necesario la construcción de espacios urbanos en contraposición al mundo rural; aquí, la pretensión central era potenciarlos como lugares de importante actividad económica, denominados posteriormente, centros para el capitalismo. Es ahí justamente donde el universo de lo urbano empieza a regirse por tres principios: primero, la propiedad privada; segundo, la acumulación individual; y  tercero, el mercado, ¿y qué creen?, la naturaleza como principal proveedora. 

Llegada la Revolución Industrial, entre la segunda mitad del siglo XVIII, la demanda por el crecimiento y la promesa de desarrollo económico por medio de la industrialización, obliga al incremento exagerado en la extracción de recursos transformables y energéticos: fuentes madereras, hidráulicas, eólicas y fósiles, todo eso, para la elaboración y puesta en marcha de maquinarias y herramientas en función del desarrollo, es decir, en la reproducción del capital. 

Es así, como rápidamente puede presentarse el recorrido de nuestra especie y su relación con la madre tierra, enmarcado en tres grandes momentos: sociedades preagrícolas, sociedades agrícolas y sociedades agroindustriales, pero siempre dependientes del bien común, conceptualizado hoy como recurso natural.

Se puede decir entonces que la edad media es el punto de partida a una explotación indiscriminada de la naturaleza, que abre caminos para la implementación del discurso que se instaló en la modernidad, estableciendo una separación entre humano/naturaleza para construir una relación de poder y dominación. Todo esto dio paso a una modificación severa del planeta, una sobrecarga en los ciclos de la vida de los ecosistemas por la explotación de los mismos, la quema de combustibles fósiles y el incremento desbordado de las actividades industriales y agroindustriales. 

Ya para el siglo XX, finalizada la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918), la problemática ambiental se instaló en el debate público y se entendió como un problema de orden económico y ecológico, que debía escalar a la discusión y regulación política. Pese a todo eso, las solicitudes que abogaban por la continuación del crecimiento económico seguían en marcha, todas ellas, motivando la  expansión de la pobreza. El discurso del desarrollo, en pleno contexto de industrialización, se encontró frente a una realidad social: la pobreza como resultado de la privación al acceso de los bienes comunes para millones de personas. 

Hoy, pleno siglo XXI, nos encontramos frente a un panorama en el que los bosques, las aguas y las entrañas de la tierra, siguen siendo la fuente de vida, y también de reproducción del capital. Para el año 2019 según el  Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales – IDEAM, las cifras por deforestación fueron de 158.894 hectáreas, esto representa 38.265 menos hectáreas deforestadas que el 2018; con todo y su disminución, la Amazonía sigue ocupando el primer lugar con pérdida masiva de bosques, seguido se encuentran el Pacífico y los Andes. 

En un año, pasamos de una tala del 70% al 62%, los datos siguen siendo alarmantes a sabiendas que la reducción se presentó en un contexto de cuarentena obligatoria por emergencia sanitaria, es decir, mientras la ciudadanía colombiana se encontraba en sus casas, la deforestación no se detenía y los bosques en la Amazonía, el Pacífico y los Andes, ardían.  

Ahora, teniendo en cuenta que los bosques son un espacio para la circulación de la vida yde los virus, y que la deforestación facilita la transmisión de virus y bacterias entre animales salvajes y humanos, podemos acercarnos a comprender las otras funciones del bosque y cómo esas dinámicas terminan por protegernos. 

Instituciones científicas e investigadores sabían con anterioridad que el estallido de una próxima pandemia estaba cerca. Orlando Amaris Cervantes asegura que la pandemia es una expresión del impacto global del capitalismo en la biodiversidad y que tal como enfermedades anteriores (SARS y ébola), esto solo es una de las tantas consecuencias de un sistema agroalimentario industrial que ha ido lentamente invadiendo territorios que no están bajo su dominio y que son el hábitat de microorganismos que evidentemente no están en nuestro rango de control por su complejidad y además por la biodiversidad en sus ecosistemas.

David Quammen, escritor y divulgador científico de ciencia y naturaleza, desde el 2006 había nombrado cómo un posible virus desconocido afectaría a la especie humana y que probablemente su procedencia era de un animal salvaje, además que su propagación iba a presentarse por un contagio de humano a humano, desencadenando una pandemia de carácter global. Naturalmente, esta narrativa podría estar más cercana a un escenario de ciencia ficción, pero los virus de origen animal son múltiples y han acompañado la historia de la especie. 

Sobre esto, Quammen narra que en una visita realizada al Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, tuvo la posibilidad de entrevistar a científicos expertos en diversos virus como: el ébola y el  Marbugo; el virus del Nilo Occidental en el Bronx y el virus Sin Nombre en Arizona; el virus espumoso del simio en Bali, transmitido por monos que saltan de los templos  sobre los turistas; y  la viruela del mono, que llegó a Illinois en ratas gigantes desde Gambia vendidas como mascotas; el virus Junín en Argentina y del Machupo en Bolivia; el virus de Lassa en África Occidental, del Nipah en Malasia, del Hendra en Australia y de los virus de la rabia en todas partes. Esto significa que la mercantilización de la naturaleza sigue poniendo en peligro nuestra existencia, que las actividades humanas están directamente relacionadas con el fenómeno que hoy experimentamos y que desarrollar la vacuna en contra del COVID-19, no nos deja por fuera de futuros riesgos que relacionan la salud pública con la explotación ambiental. La casa ilegal y la deforestación tienen al ser humano cada vez más cerca de virus mortales. 

¿De verdad nuestra capacidad reflexiva sólo nos lleva a preguntarnos por la vacuna para combatir el COVID-19 cuando el problema de fondo es claro?

¿Cuándo llegará la vacuna contra la fiebre de explotación ambiental?