El Oriente: modelo minero – energético vs. la digna juventud rabiosa

Por: Isaac Buitrago.

El Oriente es variopinto, no sólo porque aquí se encuentra una gran diversidad de climas, paisajes, fauna y flora, también porque podemos encontrar una multiplicidad de personas que sienten suyo el territorio y desean ser quienes determinen el destino de sus veredas, municipios, charcos, ríos y todo lo que les rodea; lo que es apenas una aspiración democrática en el marco de la Constitución del 91, al menos eso dice el papel, porque la realidad ha sido otra. A las comunidades se les ha perseguido y señalado por querer decidir, expresarse y transformar su entorno. La riqueza de esta subregión la ha hecho ser considerada por mucho tiempo la despensa antioqueña. Para el año 2016 se reconoció como “un ecosistema estratégico para la seguridad alimentaria de Colombia. De hecho, la región es la más importante del departamento de Antioquia en la producción de alimentos, que abastece al 18% de la población colombiana” (OCDE, 2016).

Pese a esta realidad, el destino trazado para el Oriente antioqueño por una dirigencia sin patria es otro. La gran diversidad de la subregión la convierte en un “botín” para empresas y grupos políticos cuya prioridad es la acumulación de tierras y de capital, entonces, en muchas ocasiones,  terminan negociando con inversionistas extranjeros para quienes hacen leyes que les libran de impuestos, como también les “libraron” del campesinado mediante los paramilitares y el ejército. En este territorio “pacificado” o, para ser más preciso: de consolidación del proyecto paramilitar, pues el conflicto no ha cesado. Se presentó un silenciamiento de los fusiles que tuvo su máxima expresión en 2007, cuando se declaró que esta subregión era un “territorio de paz”; con ello las balas se convirtieron en licencias ambientales cedidas  por la Corporación Autónoma Regional de las Cuencas de los Ríos Negro y Nare “CORNARE” otorgadas como dádivas y sin el pleno apego a la ley, .Para enero de 2021 existen en el Oriente más de 40 Pequeñas Centrales Hidroeléctricas (PCH) con licencia ambiental, lo que demuestra que esta entidad más que ser una autoridad ambiental se convirtió en una aliada de las empresas y el desarrollo del modelo extractivista en la región. La proliferación de las PCHs solo es opacada por los más de 60 títulos mineros reportados por la misma institución.

Estos dos grandes intereses no son los únicos conflictos socioambientales de la subregión, pero resaltan, sobre todo cuando el Gobierno nacional ha anunciado que mediante estos títulos va a buscar la reactivación de la economía. A todo lo anterior se suma un aumento exponencial sobre el valor del suelo, que ha sido incentivado por las administraciones municipales y el modelo de desarrollo urbano-rural que busca materializar al Oriente como el segundo piso del Área Metropolitana del Valle del Aburrá, de esto da cuenta los cada vez más costosos proyectos inmobiliarios que se han expandido por todo el Altiplano y que han empezado a llegar a las otras zonas, como el Páramo, haciendo referencia al municipio de Sonsón.

La alternativa a este modelo de “desarrollo” en la subregión está en la voz del movimiento social, que es tan variopinto como los paisajes y los climas, teniendo presente que está conformado por una juventud con liderazgos fuertes y cargados  de memoria, lo que les permite reivindicarse tras la herencia de los movimientos sociales de la década de los 70 y 80 del siglo pasado, de la mano de las personas que en ese tiempo se aferraron a esta tierra y dejaron las semillas que hoy dan  fruto en las calles. Esta digna juventud rabiosa cuenta con profesionales que en los libros han fortalecido sus raíces campesinas, montañeras y pueblerinas. No son pocos los debates al interior del movimiento social del Oriente, hay tensiones y diferencias,