El virus real es más grande

Por: Enfoque de Oriente.

El brote de un virus en la China ha partido la historia en un pedazo más. Aunque hace 7 siglos lo hizo la peste negra, la que se considera la peste más devastadora de toda la humanidad, esta no invadió al mundo entero. La universalidad del Covid-19 propone múltiples discusiones que siempre nos hemos venido dando, a veces en las aulas, otras veces en las calles, unas más en las asambleas, cabildos o encuentros en comunidad; hay una pandemia mayor que es el odio, y de él deriva la indiferencia, la explotación, el abuso de las autoridades, la violación a los Derechos Humanos, el silenciamiento de la vida y no de los fusiles, de las maquinarias, de las retroexcavadoras, del ruido trágico de la muerte.

El tiempo parece pisarnos la cola cada vez que miramos las estadísticas como un acto vago en la comprensión de lo que nos sucede. ¡Hay que ver la preocupación colectiva por un contagio, y no por el asesinato de líderes y lideresas! Pareciera que la tranquilidad de no sentirse en riesgo es suficiente para desinteresarnos por el mundo. ¡Cuántas alarmas encendidas por un virus que se aferra a los pulmones, cuando existen tantas razones que dejan sin aliento! Según el Centro Nacional de Memoria Histórica, en Colombia -aún con subregistro- contamos 261.619 personas asesinadas en medio del conflicto armado. Del 1 de enero de 2019 al 22 de agosto de 2020 hemos contado 93 masacres. En lo que va del año, 508 mujeres víctimas de feminicidio. Y tenemos 39.787 muertes por Covid en el territorio colombiano.

Proponer un debate alrededor de la vida nos exige tiempo, experiencia y valentía; y parece que aún no estamos a la altura de la situación. Estos tiempos han develado lo que siempre ha sucedido: los derechos se nos proponen en la paridad, en lo que resulta justo y humano, pero se disuelve entre las categorías y las formas como hemos construido el mundo: el sexo, la raza, el país, la clase… siguen enquistadas las prácticas capitalistas, las lógicas machistas y patriarcales, y estos son asuntos adheridos, difíciles de debatir y de refutar por separado.

Y resulta un poco terco, pero seguimos creyendo, porque hubo un momento en que juramos vencer. Como medio de comunicación compartimos estas páginas que son una vez más un regalo a la memoria, a aquella que leeremos, y esperemos, no miremos de la misma manera en un futuro cercano. Es una ofrenda y homenaje a quienes siguen insistiendo en un mundo justo, en unos países soberanos; a quienes luchan por la autonomía de nuestros pueblos y la libertad de nuestros ríos; a lxs que siguen poniendo en juego la vida aún conociendo las consecuencias que nos recalcan el paso en falso que hemos dado en la historia y cómo nos conformamos con evolucionismos primarios que al momento de la verdad no agotan el problema de raíz, el mental, el cultural, el político, el social. Que sea este un llamado a seguir resistiendo en nuestro territorio, por su defensa, por la vida; que sigamos creyendo en la palabra dicha, escrita y pintada como una acción anti-coyuntural, que tiene sus cimientos en el reconocimiento de todxs como sabedorxs.

El Covid pareciera susurrarnos al oído que no le interesan las segmentaciones y que va por todo, sin dejar rincones baldíos. Cree que es solo un contagio y se aferra a los cuerpos con el temor a que le olvidemos. Hay quienes tienen sus miradas fijas en él, y es probable que por ello siga acompañando esta nueva anormalidad; pero lo que aún no ha comprendido siendo un virus, y nosotrxs siendo sociedades, es que todo lo que nos sucede, todos los años, a todas las horas, todo el tiempo (y ya que insistimos tanto en la idea del 2020) todo lo que nos ha sucedido en este ciclo es una revelación de todo lo que hemos hecho mal, algunxs -déjenme decirlo- con más responsabilidad que otrxs. Quienes negocian con la salud, privatizan la tierra, comercializan el agua, matan los ríos y silencian los liderazgos, mienten cuando dicen poder dormir tranquilxs.

Sin embargo, hay un mensaje aún más grande. Es este un punto crucial para una revolución múltiple, de todas las formas, las que hemos enunciado, por las causas que defendemos, por todo aquello que reconocemos justo, por todas las que ya hemos jurado, y entre tantas: una revolución espiritual. El mundo está enfermo y su enfermedad es el verdadero virus que se expande y mata todo aquello que toca. El real virus es más grande y la mejor forma de combatirlo es haciendo de la digna rabia un primer escenario comunitario que nos convoque a las acciones concretas, a los procesos sólidos y al abandono del miedo en la compra-venta masiva de los poderosos que nos han hecho creer que la historia es una simple y llana coyuntura.

¿Qué nos traerá el año que viene? El 2021 nos dará lo que hagamos de él.