Lo público

Por: Juan Pablo Benavides.

La reciente indignación colectiva que se levantó como respuesta a la pretensión de la Alcaldía municipal de San Carlos de vender a particulares el balneario San Antonio, entre otros bienes públicos, demostró la necesidad de profundizar en la reflexión sobre lo público y nuestras formas de asumirlo. 

Las redes sociales del municipio permitieron que en una misma pantalla hicieran gala a las posturas más variopintas, desde el regionalismo histriónico hasta el mercantilismo desinhibido. Aunque había expresión, no se puede afirmar que haya habido diálogo, sin embargo, no se escatimó en palabras de todos los colores. Es triste, sin embargo, que —como nos suele suceder— no se haya desbordado el análisis de los límites de la coyuntura, y la pregunta por lo estructural haya quedado intacta. Lo que pudo ser un encuentro municipal alrededor de la cuestión Pública languideció hasta degenerar en una solución a medias y un evento público con “p” minúscula.

Lo más usual es hablar de esto —de lo público— comparándolo u oponiéndolo a lo privado, definiendo lo primero como una versión inferior de lo segundo. La cuestión no plantea ninguna novedad.  Entre los pilares ideológicos del neoliberalismo se encuentra la caracterización de lo público como lento, lleno de burocracia asfixiante, débil, de mala calidad, negativo, flaco, incapaz y adjetivos afines, mientras que lo privado es de buena calidad, efectivo, rápido y positivo en términos generales. No es deseable ignorar que más que una caracterización de la realidad actual, esta distinción es secundaria a un proceso deliberado de sabotaje de lo público; no es destino ineludible el que lo Público sea lo que es (y en sentido negativo, no sea lo que ahora no es) sino, consecuencia de una larga tradición de privación de sus posibilidades de despliegue. Son sistemáticamente debilitadas las ofertas públicas de todo tipo (salud, educación, recreación, cuidado ambiental) para justificar la renuncia del Estado a asumir la responsabilidad en su gestión y cederla al sector privado, disminuyendo las posibilidades de que su administración sea la respuesta a necesidades concretas y pase a ser una gestión para el lucro. En esos aires construidos de derrota que parecen emanar de lo público es fácil para cualquier gobernante vender el territorio. Por eso, blindarlo, implica disipar y ayudar a desmantelar ese mito infinitamente repetido, según el cual las empresas, esos agentes externos, son la respuesta a los problemas internos. 

Fotografía de Arnobis Montoya Zuluaga.

Ser capaz de tratar lo público y lo privado como conceptos históricos nos permite desmentir un espectro, pero no es el único fantasma ideológico que debemos enfrentar. La definición de lo público en términos de propiedad también es problemática, pues reduce a sobremanera un concepto que incluye mucho más que la pertenencia de un bien a un grupo social y, a diferencia de la obviedad mencionada en el párrafo anterior, muchos miembros del movimiento social parecen asumirlo así. Algo no es público únicamente porque no sea propiedad de alguien en particular, ni porque en contraposición sea propiedad de todo un país o territorio. Algo es público, algunos sostenemos, porque actúa como satisfactor de necesidades comunes. Aunque esto parece no tener mayores implicaciones, cambiar el marco de interpretación de lo público desde la propiedad hacia la esfera de las necesidades compartidas permite redefinir las prioridades organizativas y aumenta la fuerza de las luchas reivindicativas. 

Si empezamos a defender lo público no cómo una propiedad de la que no tenemos las escrituras, sino como un potencial satisfactor de necesidades, nos veríamos obligados primero que todo a identificar esas necesidades y después, a realizar ese potencial. Una cuestión como la del balneario de San Antonio obligaría a investigar de qué manera y qué tipo de necesidades insatisfechas —no sólo básicas— se podrían solucionar con ese balneario. Las necesidades son amplísimas e incluyen, desde algo vital como el acceso al agua potable hasta la recreación y el esparcimiento. Así, asumiríamos que un bien solo es público en el momento en que se realiza como satisfactor de necesidades compartidas. Muchos de los “bienes públicos” del municipio en este momento son construcciones abandonadas, tierras ociosas y potenciales atascados y por ende, no son en efecto Públicos, con “p” mayúscula.

Defender lo Público se convierte bajo esta otra mirada, no únicamente en una lucha por el reconocimiento jurídico de la propiedad colectiva sobre algo, también por el desarrollo de formas de organización diversas que permitan poner esos bienes en cuestión al servicio de los sujetos con necesidades y a la satisfacción real de estas. Así mismo, otro prejuicio que limita nuestro entendimiento de lo Público es su supuesta dependencia del Estado y su administración. No hay ningún motivo para suponer, al menos en este momento de la historia, que el Estado represente el interés por la realización de lo Público, por lo que son las mismas comunidades en los territorios las que están llamadas a ser sus guardianas y ejecutoras. Esto no significa negar la responsabilidad estatal ni mucho menos, pero sería ingenuo depender de un gobierno  para darle sentido a lo común. Nos podemos preguntar ¿quién es el sujeto de lo público? Si decimos que no es el Estado, nos podríamos ver tentados a responder que es la sociedad, pero aquí radica otro de los problemas ideológicos, quizás el más grande al que nos enfrentamos. Aunque se usan como sinónimos, hay una diferencia real entre sociedad y comunidad. Mientras la primera hace referencia a la compleja interacción de individuos e intereses en un área determinada, la segunda parte precisamente de lo común, y si hay algo común son en última instancia las necesidades. La organización social difiere de la organización comunitaria en que esta última trasciende la individualidad. El sujeto de lo público no puede entonces ser la sociedad – siendo esta una abstracción de la interacción de individualidades – sino la comunidad: las personas concretas con necesidades organizadas alrededor de la satisfacción de las mismas.

El balneario de San Antonio, al final, no fue vendido. Fue, eso sí, cedido a cajas de compensación familiar. Si las escrituras siguen siendo públicas es distinto a realizarlas como tal. Al igual que el balneario, otros bienes del municipio entre los que se encuentran la Plaza de mercado, que podría ser el corazón del desarrollo municipal, siguen siendo públicos sin sustancia. Es deber de la comunidad organizada darle sentido a las palabras. 

Fotografía de Arnobis Montoya Zuluaga.

Un comentario de “Lo público

  1. Carlos Olaya dice:

    Excelente reflexión que motiva la defensa de los bienes públicos e invita a la protección de los comunes para que estos sean gestionados por las mismas comunidades usufrutuarías. De esta manera se pone coto a la feria de los espacios públicos como si estos fueran propiedad estatal.

Los comentarios están cerrados.