El teléfono número ocho

Por: Manuela Betancur Pérez.

Era 1972 cuando Elena* y seis primos se vistieron de trajes blancos y negros, entraron a la iglesia sin el cuerpo de Cristo y salieron con Él en sus estómagos, directamente a la celebración, ya nada silenciosa, motivada por su primera comunión. A medida que la música del tocadiscos se iba silenciando y las voces se hacían murmullos, se acercaba la hora decisiva y más emocionante que como ritual se hace al final de una fiesta: la hora de abrir los regalos. Elena tuvo diferentes tipos de regalos, de los que los niños esperan y otros, que al parecer disfrutaban más los grandes que los pequeños. Juguetes, dinero, monedas, billetes; plata, que fue a parar a un fin nada esperado por una niña para esa época.

“Es que este teléfono es suyo, porque lo compramos con la plata que le dieron en la primera comunión” fueron las palabras que le dijeron sus padres cuando instalaron el teléfono en su casa. “Era uno de esos teléfonos de bocina gris, duró muchos años”, dice Elena, recordando. 

Para entonces en Rionegro existían 10 teléfonos particulares instalados en los lugares oficiales más importantes: la alcaldía, el comando, la casa cural y en las casas de los que, por cercanía y por facilidad económica, podían. “Mis papás habían comprado un lote detrás de la catedral y después construyeron una casa ahí”. La casa donde llegó uno de los primeros teléfonos de Rionegro por la posibilidad de acceder a la red y de pagar los 250 pesos que costaba la conexión. 

En 1947 el gobierno había comprado La Compañía Telefónica Central para crear la Empresa de Telecomunicaciones Telecom y fue sólo hasta 1950 cuando inició la comercialización de los sistemas privados de telefonía; sin embargo, las comunicaciones telefónicas en su mayoría se debían realizar a través de centrales telefónicas que para 1970 eran 889 en el país, una de esas ubicada en Rionegro. “Usted mostraba el número del teléfono al que iba a llamar, le marcaban, le llamaban, pero usted tenía que pedir cita para poder hacer las llamadas en la Oficina de Telecom”, cuenta Elena. 

La casa de los López se volvió un punto de encuentro para los rionegreros, especialmente en los sábados que era día de mercado y salían todas las personas de la zona urbana y rural. Aquel teléfono fue testigo de llamadas a Medellín, de madres a preguntar por sus hijos, de familiares esperando noticias de sus enfermos, de enamoradas añorando los minutos en los que la voz de su enamorado pasaba, como si fuera magia, de una manera idéntica por un cable delgado. 

Nadie olvida la sensación de temor e intriga que llega en el momento de emprender algo nuevo, sentimientos que no eran ajenos en los visitantes del teléfono de Elena. “La gente nos preguntaba, ¿cómo lo cojo? Y a uno le tocaba tenérselo en la oreja hasta que hablaran y le perdieran el miedo”. Después de eso venía preparar los oídos para escuchar a la gente casi gritar, porque el hecho de asimilar que podían hablar en un tono normal sin que la otra persona dejara de escucharlos, era un ejercicio que implicaba varias citas con el teléfono de disco de marcar. Elena recuerda que “le decíamos a mi abuela: abuela que pase donde la tía que está llamando de Medellín, entonces se quitaba el delantal y se peinaba, como si la vieran; era un asombro escuchar la voz del otro y decir ¡ay sí, es igual… es su voz!”

Desde que era una niña, el padre de Elena le enseñó a reconocer las letras y los números, por eso cuando llegó el teléfono y Elena tenía siete años y su hermana Sofía* tenía cinco, se podían encargar de lidiar con aquel artefacto que era acertijo para la mayoría de personas. “Cuando iba gente nosotras le marcábamos y cuando contestaban decíamos: «ah, un momentico, ya le van a hablar desde Rionegro»… Y la gente asustada, que cómo esas niñas tan chiquitas sabían manejar ese aparato”. Aparato por el que los López nunca cobraron para usar , porque “no era un negocio, era un servicio”.

En 2015, Rionegro tenía un total de 26.462 líneas de teléfono fijo y los rionegreros hablaban aproximadamente unos 80’008.923 minutos en un año. Pero, para 1972 existían 10 líneas que se memorizaban sin ninguna dificultad porque tenían la misma secuencialidad que cambiaba en el último dígito: 710001, 710002, 710003… hasta llegar al diez. 

En la actualidad la conectividad es un motor primordial, más en tiempos en los que las relaciones se basan en lo remoto y digital; sin embargo, no es este el motivo para olvidar que existió una primera vez, una primera llamada, un saludo, una palabra, una carta o un email. No es el momento para olvidar la sensación abrumadora de lo desconocido, de recordar el pasado que nos carga de presente. Por eso, esta es la historia de la línea telefónica 710008, la del teléfono número 8 que existió en Rionegro. 

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*Los nombres que corresponden a esta historia han sido cambiados para comodidad de las protagonistas de esta historia.