Réquiem por un anacrónico señor feudal

Por: Jorge Eliécer David Higuita 

La lluvia es un lápiz maleable que escribe en el tejado, escribe por mí, lloroso como esa lluvia, agujas para el alma. Alma herida por enésima vez, más profunda y sentida por una gran ausencia. ¿Quién ha partido? Intentaré contarlo aquí, en este silente y pastoso día, que parece flotar en el confín de los tiempos. El dolor y la orfandad nos ponen así, livianos, casi inexistentes, y sentimos que cesa la estupidez del mundo y que entramos en un momento sagrado —el sin tiempo, tiempo extático—.

Quien se fue, vivió casi un siglo. Sólo le faltaron cuatro años para llegar a los cien, para comerse la torta de los cien años, bien y mal vividos, como toda vida, plena de amarguras, actos heroicos y algunas alegrías. No le faltó la risa sin embargo, y casi murió de pie, tal cual su estirpe de madera fina; pero sus huesos no aguantaron y se resquebrajaron como leño viejo. Por eso murió, por sus húmeros y cadera rota, no por más; no le faltó el aire en sus pulmones ni la dentadura, que terminó perfecta; no le falló el corazón, la sangre no se le volvió grumosa; no se le deshizo el hígado, no se lo devoró un cáncer. Le fallaron sus huesos. Sus largos y fornidos huesos con los que caminó y cabalgó infinitos kilómetros, al fin fallaron, y con ellos, su silencio absoluto. 

¿Cómo le llegó la muerte? En puntillas, despacito, dando ronroneos por el solar donde sembró su huerta hasta el final de sus días. Fue un gran hortelano. Si algo debemos reconocerle a este hombre fue su amor por la tierra y sus semillas. Sembró siempre. Maíz, frijoles, vitoria, plátanos, café, naranjos, cebollas, tomate, cilantro, nogales, robles, guayabos, arrayanes, totumos, guaduales… ¿Qué no sembró este hombre que tuvo casi un siglo para sembrar?, y tuvo tierra en abundancia para hacerlo, lo que efectivamente logró hasta el final, donde en un pequeño solar cultivó sus últimas hortalizas. Recuerdo que le ayudé a regar las últimas semillas de tomate y cilantro bajo su supervisión, desde sus muletas, y con la convicción del tiempo vencido… 

¿Qué tienen las flores del camposanto/ Que cuando las mueve el viento/ llorona/ Parece que están llorando?… / El que no sabe de amores /llorona/ No sabe lo que es martirio…” 

Dice la Chavela, la Chavela Vargas. 

Amor a la tierra, a las semillas… sus hijos, sus nietos, sus bisnietos. Bajo su sombra crecieron alrededor de 15 hijos, y su descendencia que hoy le llora sin desconsuelo. Ha muerto el padre, el gran abuelo, un pequeño sol, y en su tierra de El Viento y El Jagüe, el aire gime y la oscuridad reina. 

Tantas semillas y tan diversas. La muerte llegó despacito, en puntillas, y a todas las mermó, y al pequeño sol apagó sin clemencia. 

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Hacemos parte de una cadena infinita, ciega, inconsciente. Nos reproducimos sin cesar y sin saber por qué. Obedecemos al instinto del tiempo que todo lo muele y transforma. En su velorio, los bisnietos jugaban y corrían alrededor de su cadáver, en la casa que por media vida, le sirvió de refugio y abrigo. Entre risas y gritos, y de manera inconsciente, celebraban la vida sobre el rito de la muerte. Es muy probable que él los escuchara desde la otra orilla del tiempo, que sintiera sus fragancias infantiles, sus juguetonas risas, o tal vez, fuesen esas voces un gran martillo para su oído y alma fugitiva. 

Álvaro David David, a sus 92 años, Finca El Jagüe, Sabanalarga Antioquia. 2016. Por: Jorge Eliécer David Higuita

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Quien se fue, tuvo muchas tierras: La Montañita, Conejo, El Agrio, Los Totumos, El Jagüe y su adorado Viento. Podría considerarse un señor feudal anacrónico, relacionado con muchos peones, mulas, cargas de fríjol y maíz y cabezas de ganado. Un gran jinete que daba su cara altiva a la lluvia en los filos de las montañas, viajando de una finca a otra, en la cima fría de la cordillera o en la orilla ardiente del río Cauca. Despachaba un grito enorme de filo a filo que ensanchaba sus pulmones; y esa garganta seca del polvo de tantos caminos que encontraba, solaz, los fines de semana, en el pueblo, donde bebía a borbotones cerveza o aguardiente. Luego volvía a sus caminos. Casi un nómada del Cañón del río Cauca. 

En El Viento, “aún suena un bramido de vaca herida” como diría el poeta García Lorca; allí, en El Viento, la arboleda extraña su partida y un caballo relincha apesadumbrado. Un caballo “mantequillo” anda triste por las praderas de la finca El Viento como el caballo de Miguel Páramo, y el aire silba enojado. Caen las flores blancas de los arrayanes; caen como en granizo, y los caminos de tierra roja parecen cubiertos de nieve. Así le han despedido los parajes de El Viento, con vestido blanco sobre la tierra colorada, como yo en su funeral, y muy adentro, la sangre roja, perenne, inmutable… la vida no acaba jamás, es un continuum inexorable. 

Este hombre, que tuvo su época de señor feudal, y que luego fue desposeído de sus tierras y sus vacas y sus mulas y caballos, y sus cultivos de fríjol y maíz, fue muy probablemente un heredero de la tradición indígena Nutabe del Cañón del río Cauca. Lo evidencia su apego al maíz y el fríjol que formaban siempre una alianza en sus parcelas, y del que dependía la dieta diaria. Lo evidencia su espíritu nómada que subía y bajaba de los picos fríos de la cordillera a las tierras cálidas del Cañón, una y otra vez, sin cansarse nunca. Lo evidencia también su matrimonio con una mujer de pelo liso, bajita, ella sí de ancestro total indígena; él en cambio, tenía porte, cabello ligeramente ondulado y un pigmento de piel cercano a la cultura de los negros. De su madre, Ana Felisa, muy seguramente heredó esta genética de cabellos semiondulados, y de los negros africanos, muy seguramente, heredó la risa pícara, su amor por las fiestas y la bebida, y su atracción por las mujeres. Fue un ser enamorado y enamoradizo, y un gran mestizo del Cañón del río Cauca. 

Este abuelo fue un “Pedro Páramo” al estilo cañonero. Poseedor de algunas tierras y peones, pero no tantas ni tantos como los de “La Media Luna”, aquella hacienda sin confines de Pedro Páramo de Rulfo, habitante del pueblo de Comala en los valles secos mexicanos. Como aquel, este abuelo también gustaba de los corridos y rancheras y de las largas noches cabalgando. 

Cuando supe de la agonía de este abuelo, retomé la lectura de Juan Rulfo sobre la historia de Pedro Páramo, queriendo entender la existencia en los confines de la muerte. Me sumergí en Comala y en los diálogos de ánimas, difuntos y viajeros. Entender la muerte como la viven los mexicanos desde su tradición amerindia con sus rezos, encuentros, juergas y peleas. Entender cómo los muertos siguen ahí, con nosotros, y por eso hay que tenerles agua servida y alimentos para sus visitas esporádicas. 

Pedro Páramo se asemejaba a este abuelo en su tristeza por la partida de su Susana; este, quejoso por la partida de su María, su gran amor. Después de la partida de estas mujeres, sus vidas se fueron apagando hasta extinguirse. Cuando agarré a leer el libro, pensé: con la última página leída, cerrado este libro, es seguro que el abuelo descansará. Así ocurrió, a pesar de que dejé por varios días su lectura, pensando en la compañía del abuelo. Cuando supe que él había decidido partir, retomé el libro y terminé su lectura el once de octubre de 2020 en la noche. Última página leída y asunto concluido. Al día siguiente el abuelo expiró, y en “La Media Luna” y en “El Viento” las vacas bramaron y los perros ladraron inconsolables como fiera herida. 

Vista desde la Finca El Jagüe, Sabanalarga, Antioquia. Por: Jorge Eliécer David Higuita

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El día de su muerte, el doce de octubre del año 2020, el cielo parecía tener ceniza, y al día siguiente, el cielo se vistió de carbón al finalizar la tarde, y arremetió con una tormenta cuando su ataúd entró a la bóveda N°683 del cementerio blanco de Sabanalarga. Un lloriqueo silencioso en sus allegados, venidos de muchas partes del país, la provincia de Antioquia y el Cañón del río Cauca, se regó en todo el pueblo, que solidario con esta muerte esparcía el duelo por doquier: el comercio casi cerrado por completo, susurros nostálgicos en las esquinas, inexistencia de música y las campanas de la iglesia comunal doblando por su ausencia. 

Nosotros, sus deudos, a pesar de que sabíamos de su muerte inminente, navegábamos en el pozo de la orfandad. Ya un rezo, ya un lamento y la casona vacía de su espíritu, a pesar de que allí estaba su cadáver en el velorio. Cuatro veladoras, dos ángeles a sus costados, algunos ramos de flores, y él, en medio, valeroso y enérgico a pesar de mudo. Como en sus viejos tiempos, parecía desafiar aún a la muerte. 

Fue valeroso y temerario en sus faenas cotidianas y en sus negocios. Le tocó huir varias veces y abandonar lo conseguido con muchos esfuerzos. Pero volvía a reconstruir su vida y sus espacios de trabajo, volvía a sembrar y a confiar en semillas nuevas. Jamás dejó de ser independiente y autónomo. Al final, sus húmeros le fallaron y tuvo que reclinarse en una cama donde murió tranquilamente, despidiéndose de sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, así como del aire cálido del cañón y de los aromas del rocío mañanero de sus recuerdos infinitos. 

En su cama de moribundo soñaba como nunca, y cuando despertaba, nos contaba sus relatos del pasado y del futuro. Entreveía el fin, su fin, y cómo se mezclaba con las escenas de lo vivido. Sí, la muerte no es más que un recuerdo futuro, un relato de lo que hicimos pero también de lo que no pudimos hacer o ser, de nuestra frustraciones, manchas e indecisiones. 

Hasta el final, este abuelo encontraba una risa en los pliegues de su reserva energética. Fue un gran estoico. Tres semanas antes de su muerte, cuando los huesos le fallaron, fue llevado a un hospital donde un médico lo desahució, diciendo que sus varias fracturas ya no soportaban una cirugía, y que por tanto era menester esperar en la cama la llegada de la muerte. Y este abuelo resistió con bastante heroísmo y con pocos medicamentos el gran dolor que producen tres fracturas simultáneas. Casi inmóvil y con pocas quejas fue quedándose sin energía, apagándose como una llama lenta, suave, silenciosamente, hasta esparcir su espíritu por el espacio del cielo cañonero, donde vive ya, entre nubes, atisbando la infinitud de la vida. 

Su funeral se realizó acorde a un ritual cristiano católico. El cura del pueblo ya lo había despedido varias veces, le había confesado sobre sus pecados y frustraciones, le había aplicado los “santos óleos” y le había convencido de que ya podía dejar este mundo, que seguro iría a los cielos, y que en caso de alguna dificultad, los rezos de sus deudos lo impulsarían a llegar allí, libre ya de las materialidades pesadas de la tierra. Él comprendió que ya había cumplido su ciclo y que nada tenía que hacer aquí. Llamó previamente a todos sus hijos, con quienes acordó la repartición de sus pocos bienes. Habiendo arreglado ya sus últimas situaciones, sólo le quedaba partir. Cerró sus ojos para siempre y esparció su último aliento el 12 de octubre del año 2020, a las 11 horas y 25 minutos de la mañana, casi en el cenit de ese día aciago, que nos recuerda la llegada de Colón a América, y los siniestros que ocurren en esta tierra desde entonces. 

El rito del funeral final se inició en la puerta frontal del templo católico del pueblo. Una construcción enorme de cal y canto, que tiene sus orígenes en el siglo XVII en lo que se conocía como el resguardo indígena Nutabe de San Pedro de Sabanalarga. Allí, en esa puerta enorme y vieja, semejando la entrada triunfal al otro mundo, el cura esperaba su cadáver. La muchedumbre estaba atrás en el atrio, esperando las palabras solemnes del sacerdote. Él saludó muy cortésmente, habituado a este rito de despedir muertos. Prendió el incienso explicando su significado, regó agua bendita con su hisopo al féretro, y elevó el nombre del abuelo hasta la nave del templo, iniciando su camino hasta el altar, donde empezó la misa fúnebre de despedida. Al finalizar la eucaristía, las campanas se aliaron en su música de duelo. ¿Por quién doblan esta vez las campanas? 

El féretro fue conducido otra vez hacia las afueras del templo, y una muchedumbre se unió, detrás de él, rumbo al cementerio. También se unió la banda musical del pueblo con sus redoblantes ateridos y sus trompetas afiladas de angustia. Campanazo tras campanazo, huella lenta sobre huella lenta, trompetazo tras trompetazo, y un alarido interno, quejumbroso, que no dejaba de suplicar al viento por esta soledad tan inmensa. 

Funeral de Álvaro David, octubre 13 de 2020, Sabanalarga Antioquia. Por: Jorge Eliécer David Higuita

En el cementerio blanco, el cura volvió a pronunciarse sobre la muerte de este gran hombre; y luego del réquiem final, interpretado por una magnífica trompeta solitaria, acompañada de las sacudidas de un redoblante que parecía agrietar los corazones presentes, el cielo empezó a llorar con grandes lagrimones y el viento pareció enfurecer. Mientras el féretro era ingresado a la bóveda 683, la lluvia se descuajó brutalmente, y las ráfagas de viento y los relámpagos, juntaron en el centro de la cúpula del cementerio a los que resistieron la ceremonia final. Los demás salieron despavoridos a guarecerse del agua y los truenos en los aleros estrechos de las calles próximas. 

Ladrillo tras ladrillo, el sepulturero fue cubriendo la bóveda, mientras los lloriqueos silenciosos de sus parientes y amigos le daban el último adiós… la tarde se volvió blanca como mis ropas puestas para el funeral, y como el alma limpia que adquirió mi padre ese día. Luego vinieron muchos arroyos con el aguacero, que también lavaron las calles empinadas de la Sabanalarga. 

¿Por quién doblaron las campanas esta vez? Por mi padre y abuelo llamado Álvaro Antonio David David, Don Álvaro, oriundo de Peque y muerto en Sabanalarga, pueblo conocido como el “Corazón del Paisaje Cultural Cañonero”. 

He dicho.