Echar pal´ monte, volver al campo

Por: Jhonatan Jaramillo

De mi niñez tengo recuerdos invaluables: correr por una manga y deslizarnos con una estopa, irnos para el río y perdernos todo el día tirando charco y comiendo guayabas, mandarinas, naranjas, guamas. Además, a veces hacíamos comitiva; todos poníamos algo de la casa para preparar comida en el río. A pesar de que había mucha inseguridad nos sentíamos dueños del mundo; descalzos y sin camisa, recorríamos el pueblo. Las calles se llenaban de niños y jóvenes que practicaban juegos callejeros como la lleva, el escondite, bota tarro, quemado, stop, cogido, boca cayana; y ni hablar de las modas de la pirinola, el yoyo, el trompo, las canicas, los zancos, las cometas, los corozos; sólo necesitábamos un poco de creatividad y recursividad para divertirnos. Fueron tiempos difíciles, venimos de una familia humilde. Lo curioso es que a su vez eran vivencias memorables, llenas de alegría e ingenuidad.

Les cuento sobre la infancia porque es lo que determina nuestra personalidad, allí se definen nuestros  valores y nuestra perspectiva sobre el mundo; en esos ires y venires de la vida, después de desplazarnos y tener la oportunidad de vivir en varias partes del país, de conocer varias culturas y también de vivir en carne propia el estrés, el caos y la miseria en las grandes ciudades, acudí al llamado de volver al pueblo que me vio crecer; con una mochila llena de sueños, y por encima de todo, con ganas de volver a sentir la paz y la tranquilidad que solo se encuentra en estos lugares recónditos de la geografía nacional, donde sus gentes son cálidas y amables. 

Para comprender que mi rumbo y mis aspiraciones debían cambiar, solo me bastó comprender  que el fin último para estar en esta tierra es la búsqueda de la felicidad, y aunque suene retórico por la insistencia de varios autores, confirmo y concuerdo con que la felicidad está en las cosas simples de la vida.

Este texto inició en plural porque actualmente me acompañan dos hermosas mujeres (Mayte y Durany) en este viaje pal´ monte. Estamos desenterrando y vivenciando todas esas prácticas tradicionales que se han ido quedando en el olvido. Ahora somos felices en la vereda San José de Cocorná, donde nuestros días transcurren tranquilamente desde que suena nuestra alarma, el gallo, a las 5:30 de la mañana, hora en que inicia el concierto matutino de aves. Luego de escucharlas y apreciarlas, pues se nos volvió una pasión la observación de aves, buscamos las chanclas y un abrigo; después enciendo la radio para escuchar amanecer campesino, y mientras hierve la aguapanela para los tragos, alimentamos los pollos, las gallinas, los patos, el celador que es el gato y el timbre que es el perro. Durante el día nos dedicamos a crear, a abonar la huerta, regar las flores, las suculentas; a preparar recetas tradicionales como tostar y moler el café, el cacao, pilar el maíz, las tortas de chócolo, fermentar chicha y muchas más que nos van compartiendo nuestras madres o personas mayores. También practicamos desde el tejido hasta la pintura. Nos gusta explorar varias técnicas artísticas y desarrollar varias prácticas que sean amigables con el medio ambiente, por ejemplo la compostera, aprovechar las aguas lluvias, hacer uso del baño seco, la energía solar, la construcción en guadua, en bahareque y buscamos estrategias para disminuir o eliminar la utilización de plásticos, constantemente estamos investigando sobre este tipo de alternativas. 

Luego de pensarlo, y analizar la situación actual, tomamos la decisión con todo el impulso. Cambiar de estilo de vida no es fácil, aunque el cambio no pareciera radical por ser de pueblo a campo, es sin duda una apuesta por la soberanía alimentaria, por volver a nuestras raíces campesinas, por ser coherentes con lo que decimos y hacemos. Finalmente, es recordar, es vivir intensamente sin perder la capacidad de asombro y regresar a esos lugares donde uno amó la vida. Pal´ monte, entonces, es un llamado y una mirada al campo; es cultura, es conservación, es naturaleza, es tejido y es tradición.

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