Mesoamericanos y andinos, en su sonrisa, dientes de maíz

Por: Liceth Andrea Zuluaga Narváez, Juan David Arias-Henao. (Colectivo Pantágoras)

Alguna vez una hormiga valiente, para dar un privilegio al paladar de su pueblo, decidió atravesar montañas enteras y enfrentarse a diversas dificultades como el clima, el cansancio, la sed, la soledad y la premura del tiempo. La hormiga, de quienes pocos sabían, consiguió alcanzar su propósito: traer entre sus dientes, desde las inmensas montañas, una semilla; un solo grano de maíz que alimentó la valentía de un pueblo. Ella pudo sembrar y transformar la energía del alimento en fuerza para la construcción de inmensas ciudades, palacios y templos. Aquella hormiga se tomó el nombre de Quetzalcóatl, la deidad que entregó a los Aztecas la preciada semilla del maíz.

Las primeras semillas de maíz tuvieron una relación directa con los pueblos ancestrales de la región mesoamericana. Hace unos diez mil años, mientras los asiáticos domesticaron el arroz, los pueblos andinos la papa y en el mediterráneo el trigo, los mesoamericanos domesticaron una especie silvestre llamada “teocintle”, precursora de lo que actualmente conocemos como “el maíz”. Para los Aztecas, Mixtecas, Mayas, Zapotecas y otros pueblos originarios de América, el maíz se convirtió en el hito fundacional de los seres humanos, que constituyó un motivo de fiesta y orgullo durante varios siglos antes de la llegada de los españoles al continente.

Los cultivos de las sociedades mesoamericanas se caracterizaron por ser huertas dispuestas para la producción familiar. Desarrollaron un agroecosistema denominado “milpa”, en el que sus principales elementos de siembra fueron el maíz, el fríjol y la calabaza, llamadas también en conjunto como “las tres hermanas”. Milpa es una palabra derivada del Náhualtl, que traduce: “parcela siembra y pan, encima”, es decir, lo que se siembra encima de la parcela. En el contexto andino, se denominó milpa a las huertas que estrictamente contenían el maíz como producto central.

Ese laboratorio prehispánico llamado milpa, permitió el desarrollo tecnológico, la satisfacción de necesidades básicas y la producción de conocimientos agrícolas de los pueblos originarios. Hacer conciencia de esta sabiduría ancestral, es encontrar en las épocas prehispánicas la fuente originaria de nuestras técnicas de producción y alimentación contemporáneas. La domesticación del maíz fue uno de los aportes de las sociedades indígenas a la alimentación de nuestro presente. El sistema de conocimientos de la naturaleza, la siembra y cosecha que tiene hoy la especie humana, es un sinónimo irrefutable de la milpa.

En este sentido, la semilla del maíz cuenta con toda una tradición ancestral que ha atravesado el tiempo y el cuerpo de la especie humana. Salió de las milpas, entró a las malocas, recorrió el mundo a través de los mares y quedó en manos de los piratas españoles haciendo parte fundamental del proceso de colonización de América. Esto transformó la identidad que habían construido los pueblos del maíz y significó un cambio profundo en la historia de aquellos grupos humanos que lo domesticaron, le cantaron, lo colmaron de mitos y que le dieron un valor cultural.

El proceso de colonización, implantó en los territorios americanos un modelo de agricultura basado en los monocultivos, la acumulación y explotación de tierras, junto con la esclavización de las comunidades locales. La época colonial dejó una herida imborrable para éste continente, a través de la cual, Estados Unidos y Europa han logrado conquistar las prácticas de producción del maíz, desarrollando grandes tecnologías y superando la producción latinoamericana, convirtiéndose así en los principales productores del grano a nivel mundial, cuyo uso principal es la alimentación de animales en confinamiento. Las grandes potencias han mercantilizado, pero más que ello, expropiado el maíz a través de su transformación genética, promoviendo la criminalización de la libre distribución de las semillas nativas y el ejercicio del poder sobre ellas. Se evidencia aquí otra forma de colonización sobre la libertad de las semillas nativas, las prácticas culturales y la soberanía alimentaria de los pueblos.

A pesar de todo ello, el maíz aún se mantiene como sustento material que permite la reproducción cultural de las comunidades indígenas y campesinas. En la actualidad, los pueblos del maíz se han constituido a partir de una identidad que se entremezcla, que no representa una pérdida completa de sus tradiciones, sino una fusión, un híbrido que permite negociar sus prácticas tradicionales con las lógicas del mundo moderno. Sin embargo, no es suficiente con las adaptaciones culturales que tienen los pueblos, es necesario también que las políticas institucionales propicien un marco de acción que estimule la reproducción del maíz y la permanencia de sus culturas en el tiempo. Esto haría posible que, mesoamericanos y andinos continúen sonriendo con sus dientes de maíz.