Por: Enfoque de Oriente.

Cuando hablamos de culto nos referimos aquí a la importancia de congregar manifestaciones de una comunidad cuyo propósito es la de expresarse por medio de diferentes formas de creación, para este caso artísticas y culturales; esto lleva una identificación directa con el territorio habitado, participando así de una construcción conjunta cuyo propósito es generar una lectura colectiva de las formas de ser, de cómo habitamos, coexistimos y a su vez, de cómo trazamos y conspiramos una autonomía popular en clave de nuestras experiencias, talentos y expresiones, contando con total derecho a transformarnos, construirnos y deconstruirnos.

No necesitaríamos más que este pedazo de tierra si supiéramos que todo lo que atañe una canción, un camino o una trova está en el cañón. Esta tierra parece sin fin en sus lontananzas azules, como el caminito y esa paradoja de sentirnos y entonces no estar lejos del nido; el reconocernos en aquel resguardo para la memoria y en aquellos rasgos de los rostros indígenas, de los cuerpos que nunca encontramos, en los que nos identificamos con sus nombres perdidos. Esta tierra de libertadoras, de artistas, de músicos, de cantos y cuentos, de indígenas y campesinos, de teatreras y bailarines, de pintores y escultoras, de juventudes y mujeres, de disidencias y resistencias se ha contado entre carnavales y festejos aún cuando las balas se cruzaban de un lado a otro, entreviéndose por los arbustos, de montaña a cerro.

Rendir este culto al arte significa volver a creer en la palabra en tiempos de palabras incumplidas, de diálogos desechados, de actos inconclusos con la excusa de que nunca las palabras terminan por definirnos, ni la poesía, ni el canto, ni la pintura, ni las imágenes, aunque sea cierto que son todas estas las expresiones más cercanas a esta búsqueda incansable por saber quiénes somos, a dónde carajo vamos. Esta sigue siendo una insistencia por leer y abrazar el territorio de manera colectiva, comunitaria, desde las aptitudes conquistadas, los talentos que nos bendicen y el arraigo que nos completa; es una insistencia concreta por la paz territorial, por la idea de que una región pueda decidir por encima de la vertiginosa fuerza cardiaca de la ciudad, de las maquinarias, de las imposiciones, de los carteles y muros que amenazan e intimidan; palabras, relatos, historias, pinturas, imágenes, caminos, proyectos que permitan enfrentar el constante latir que agota a las personas, a los bienes comunes, a la memoria, a las distintas formas de ser, a las culturas en las distancias.

En esta edición contada y narrada por diferentes lugares separados por apenas montañas, riachuelos, y nubes repletas de agua, se configura una identidad, unas identidades, todas tan mutables y cambiantes como la obra del artista que cambia una y otra vez hasta nunca ser suficiente. Reconocerse en la amalgama de este sincretismo de sonidos, sabores, colores, texturas, sensaciones, nos invita a reconocernos en el otro, en la otra, en aquella que es también aire, en aquello que es también tierra.

Y entonces, nos resulta importante insistir que este ejercicio de rendir un culto al arte regional no entiende ni siquiera de determinismos demográficos. Sabemos que las palabras no nos alcanzan y por ello son infinitas como la posibilidad de encontrarnos para contarnos. Lo que queremos decir es que esta edición no se trata de entender la región desde el regionalismo, como aquella idea de la Antioquia Federal que se independiza, pero olvida su postura colonial y expansionista (por no decir imperialista), la misma que ha generado despojo y olvido de costumbre y formas de vida que bien pudieron identificarse como otras regiones. Esta es una apertura y posibilidad de comprendernos en las cosmogonías dadas alrededor del arte y de las manifestaciones culturales, así como la capacidad que tenemos como comunidades para transformar todo lo que pasa por nuestras manos; el arte lo deja claro y la mutación de las culturas igualmente. Es el despertar de la conciencia en lectura y defensa del territorio la que permite que las identidades se transformen en beneficio y urgencia no solo de la historia, de la memoria, también de las comunidades. Confrontar lo que nos hace daño es generar la fractura necesaria que nos hace humanamente vulnerables, y a su vez, humanamente responsables de lo que nos sucede. Este es un culto al arte, al territorio, a quienes le habitan y resisten para beneficio de todxs; un culto y reconocimiento a los y las artistas que creen y caminan por otros mundos posibles, los del ensueño y la vida tangible.