Por: John S. Gómez Giraldo, Corporación Licania

Los puertos del Caribe colombiano vieron llegar en el siglo XIX los acordeones de las músicas populares europeas. Los poetas de las sabanas del río Magdalena los convertirían luego en sus más fieles compañeros, creando así una nueva tradición: El Vallenato. Aquí comienza nuestro viaje. Como a los juglares vallenatos, escuchamos a Viento Sur ensamble, un cuarteto de músicos del oriente antioqueño, que toma los instrumentos de cuerdas frotadas, durante siglos asociados al repertorio clásico europeo, y explora su límites para crear la sonoridad de “Mi presidio”, un paseo vallenato en un formato de cuarteto de cuerdas frotadas. El pizzicato del violonchelo suena a guitarra, y la caja de los violines, acostumbrada a resonar la melodía de las cuerdas, se convierte en caja vallenata para invitarnos a bailar al son del paseo. 

Nuestra siguiente parada es San Basilio de Palenque, donde la bulla de los tambores de origen africano de los esclavos escapados del puerto de Cartagena, le dan vida al bullerengue que celebra la conquistada libertad. Inspirados en esta base rítmica, De Chonta, un ensamble de Jazz del municipio del Retiro, interpreta “Sendero”, composición de Santiago Bedoya, baterista del grupo, en la que la percusión transita por diferentes ritmos de origen africano. Inicia con las tamboras del bullerengue, pero más tarde nos recuerda la clave del son antillano y llega a convertirse en el timbal de la salsa. El piano y el bajo, siguiendo estas bases rítmicas, improvisan progresiones de acordes cromáticos, a veces un poco disonantes, característicos del Jazz, estilo nacido también en el seno de las comunidades negras de Nueva Orleans en Estados Unidos. 

Desde las costas del Atlántico, atravesamos el Tapón del Darién hasta llegar a las costas pacíficas, más precisamente al Chocó, y con el ensamble de jazz De Chonta escuchamos un aguabajo que lleva el mismo nombre de la agrupación. La base es un ritmo festivo marcado por el redoblante y un piano que quiere ser marimba para sonar a la chonta de la selva húmeda del Pacífico. El saxofón soprano improvisa melodías que inventan un nuevo folclore, una música inacabada que reencarna en una nueva forma cada vez que es interpretada. 

Adentrándonos por el valle del río Cauca llegamos a las laderas de la cordillera de los Andes y subimos al cerro de Pacandé donde “vienen muchos descendientes de antiguas tribus guerreras” como canta la voz de la maestra Mildred Perafán, acompañante del ensamble Viento Sur en Tambores de Pacandé. Este sanjuanero, heredero de las tradiciones de las comunidades indígenas de estas montañas, nos recuerda las fiestas y el baile que se forma en torno a las tamboras y las flautas. Una tambora acompaña al cuarteto y su ritmo marca el sanjuanero, mientras los músicos con sus voces cantan la algarabía de una fiesta milenaria. 

Después de atravesar los bosques de la cordillera de los Andes, descendemos a los llanos orientales, a orillas del río Orinoco. Desde allí Viento Sur se atreve a tocar un pajarillo, uno de los ritmos más exigentes del joropo. En arreglo del maestro Santiago Acevedo, violinista del cuarteto, escuchamos Colombia del “Cholo” Valderrama. Los arcos zapatean las cuerdas del violín en un ritmo sincopado. El violonchelo marca los bajos del arpa, y el violista imita el hábil rasgueo de un cuatrero. Las cuerdas marcan un corte y se hace un silencio. La voz caucana de Mildréd Perafán llena el aire con unas coplas improvisadas, una tonada de notas largas que nos acompaña durante las labores del campo llanero. Vuelve entonces el alegre zapateo sobre las cuerdas, y los versos continúan dibujando a Colombia: 

… en la costa esta la cumbia y el mapalé arrullador

el currulao cadencioso bailado a golpe e’tambor 

y en sabanas vallenatas, está el mágico acordeón 

la caja, la guacharaca, la puya merengue y son 

y en las cúspides andinas, el bambuco es el señor 

pasillos y torbellinos llenos de paz y fulgor 

derrochando melodías en un tiple arrullador 

del llano brota una copla tejida en prima y bordón 

y un arpa que en su delirio, retoza con el sabor

 junto a un cuatro bullanguero y un capacho retozón 

afinando la garganta de un llanero cantador.

Hay todavía una pausa hasta que el camarógrafo anuncia el final de la grabación. Entonces se escucha un efusivo aplauso entre los pocos miembros de la producción. Resuena el eco de los pasos al caminar sobre el escenario. Estamos frente a 700 sillas vacías, en el Teatro Regional Valerio Antonio Jiménez de Marinilla y acabamos de escuchar a dos de las ocho agrupaciones musicales que pasaron por “Licania: Sala de Conciertos Digital”. Desde el jazz y las cuerdas frotadas, dos formatos musicales tradicionalmente asociados a la academia y a las élites, los músicos del oriente establecen un diálogo con unas tradiciones que llegan a nuestro territorio después de largos viajes por la geografía y la historia. Los sonidos de nuestra región fueron laboriosamente tallados por las manos artesanas de nuestras montañas, pero también llegaron de este viaje por los puertos, envueltos en finos estuches unos, en las infernales galeras de los barcos negreros otros. Los artistas del oriente, toman estos antiquísimos sonidos, los llenan de vida y los invitan a emprender nuevos viajes que los llevarán a puertos desconocidos. Las luces del teatro se apagan. Solo queda esperar que esta sala digital se llene de una audiencia sin lugar ni tiempo para realizar este viaje sonoro a través de nuestro territorio y nuestra historia. 

Fotografía: Santiago Acevedo Castro, integrante del cuarteto Viento Sur.

Tomada por: Juan Pablo Gómez Giraldo