Por: Alexánder Arboleda Bedoya.

Uno de los hallazgos más interesantes que se hacen cuando se lee la poesía de Juan Gabriel, es el hecho de que revela una infinidad de lecturas, encuentros, canciones y clases que el autor felizmente ha compartido en su vida. Es una trampa directa al recuerdo, encuentros que llegan como cuando se organiza una biblioteca: notas ya agrietadas por el tiempo y el olvido, una flor seca entre páginas hace mucho no hojeadas. Leer a Medina es leer una biblioteca mediante la cual su poseedor se desenvuelve como solamente lo permite la poesía.

Juan Gabriel fue docente de lengua castellana, y fue la primera persona que me hizo ver la literatura con ese cariño que acompaña a las cosas eternas, como el amor por la madre. Como profesor, siempre fue un tipo serio e ingenioso; a veces era difícil entender sus juegos de palabras. Luego, a partir de la amistad que él compartía con mi padre, pude conocerlo un poco más y comprender de una manera más cercana el mundo que nos proponía desde sus clases. Todo se trataba de leer, y si era poesía, mucho mejor.

Medina es un personaje importante en el municipio de La Ceja, porque ha impactado a varias generaciones desde las aulas y desde el amor por la poesía. En sus cátedras hablaba de Quevedo y Jattin, y se sorprendía por la indiferencia de los adolescentes hacia la poesía de Epifanio Mejía. Su experiencia de lectura la intentó transmitir por medio de sus clases, y muchos de quienes fuimos sus estudiantes estamos agradecidos por ello. 

En ese sentido, felizmente fuimos testigos de una obra que es importante en nuestro territorio porque revalida la condición inherente de nuestras tribulaciones humanas con la búsqueda de lo poético. Es así como se publica el libro Y de repente… La noche, ganador de los Estímulos al Talento Creativo 2015, de la Gobernación de Antioquia. A manera de tríptico, el autor divide su libro en 3 momentos claves en su existentica.

El primero, llamado El alorenzamiento de la vida, es una celebración feliz de la primigenia, de la vida concebida y asombrosa. Encontramos a un Juan Gabriel padre, totalmente asombrado y contemplativo ante el hecho de ser creador y a la vez creado por la vida: Lorenza, vas a inventarte una vida, / pues voy a nacer en tu alumbramiento. 

El segundo momento aún no ha terminado. El autor lo encasilla queriendo contenerlo, pero sabiendo que eso es imposible. Titulado Vita Brevis, es todo aquello que sucede entre el principio y el fin. Siempre asoma el amor en su versión más transparente –el desamor-, pero también el tedio, la cotidianidad, la bohemia, la docencia, la vida misma de Juan Gabriel. Chavela Vargas le ayudó, sin duda, a escribir estos versos: Nadie más será su propia tumba, Amor. / Tu eterno instante no volverá a pasar. 

El tercer momento tiene la fuerza desbordada del final. Titulado Stabant filii dolorosi, es el espejo del dolor de hijo tras la muerte de su madre. El mundo lloró la muerte de doña Gabriela, quien trajo al mundo a Juan Gabriel para que le escribiera esos versos. Su poesía la busca con desespero y con calma, con ese vacío mutable que bien sabe dejar la muerte. La busca por medio de la poesía clásica. Toda la tercera parte son sonetos a su muerte luego de la madre: ¡Es que duele, Señor, mi Madre ausente! / Sin antorchas, sin paz, busco su frente / para un beso final a su memoria.

La poesía de Juan Gabriel tiene un valor significativo: en un tiempo de verso libre, él prefiere la composición clásica. Traslada su admiración hacia las formas poéticas a sus propias creaciones. En un tiempo en el cual la lectura poética es más que necesaria, casi como un bálsamo, el autor crea un sinfín de mundos a partir de sus experiencias más vívidas y sus clases más profundas. Tal vez, si tuviera que decir cuál ha sido el mayor aporte de Medina, fue que nos enseñó -a quienes nos interesaba- a leer poesía. Que es casi como vivir.

Y de repente… La noche, Quiasimodo nombró así este poemario.