Por: Valentina Hincapié Martínez

“ Proteger la vida [ del cerro] para que el agua no se contamine, para que la tierra no quede desierta… Proteger la vida [ del cerro] para nosotros, para los pájaros y para todas las especies aledañas”  (…) Que no se explote el cerro para que nadie más muera de sed (…) No más minería”

Palmirita una comunidad campesina situada en el Centro Zonal Los Cedros del Municipio de Cocorná (Ant)  no está dispuesta a sumar en su historia de vida comunitaria, un nuevo desplazamiento; ni material ni simbólicamente hablando Palmirita está dispuesta a destejerse, a desunirse y menos, cuando quién amenaza es el monstruo del extractivismo.  Por esta razón, en un acto de  co-creación, nos propusimos hacer un telar para tejer las historias que vinculan material y simbólicamente a esta comunidad con el cerro El Chaquiro. Es de vital importancia tener en cuenta que cuando nombramos la experiencia de defensa del cerro El Chaquiro por parte de los campesinos y campesinas de Palmirita, lo hacemos justamente porque consideramos que es un ejemplo de juntanza y resistencia comunitaria, así mismo como un ejemplo fáctico de las posibilidades de construir vidas inseparables de su forma. Sin embargo, esto no quiere decir que estos campesinos y campesinas tengan, a nivel individual y comunitario, todos sus problemas resueltos; se trata de una comunidad que sufrió los embates del conflicto armado colombiano y hasta nuestros días se encuentran en un  proceso de recuperación material y simbólico – individual y colectiva -de los daños que ocasionó en ellos la violencia. Así mismo, por motivo del desplazamiento forzado que vivieron, muchos de ellos se vieron obligados, para poder regresar a su tierra, a hacer préstamos con entidades bancarias que hasta el día de hoy no han podido saldar; muchos perdieron la mayor parte de sus tierras, de sus cultivos y de sus animales. Aunado a este problema se encuentra, por ejemplo, el panorama incierto de la reparación a víctimas que debido a la negligencia estatal, parece sumergir a las víctimas en un círculo de re victimizaciones, más que en un proceso real de reparación material y simbólica. Todo esto para decir que las experiencias que nombramos con mayor insistencia de Palmirita son una muestra de devenir comunitario a pesar de los estragos que ha dejado sobre sus cuerpos y sus territorios la violencia. Palmirita es una comunidad que se recrea constantemente, en este caso, en contra del extractivismo y del sin fin de violencias que están dirigidas sistemáticamente hacia los campesinos y campesinas. 

En el ir y venir de las madejas de lana que simulaban los colores y las texturas de la tierra y que nos iban vinculando a nosotros con las historias de otros, y a todos con la propia historia del cerro, nos dimos cuenta que los fines –por llamarlo de algún modo– que tiene la comunidad en vínculo con el cerro, son más bien unos medios sin fin (Agamben,2017,p 57), esto quiere decir, un contacto no utilitario, un contacto que rompe con el ciclo de muerte de la economía porque pone de manifiesto la importancia de la vida- del cerro mismo y de todos los vivientes que dependen de él-  más allá de lo que de él pueda ser explotado y producido. Se trata de un contacto que desde una óptica marxista sí concierne a una noción de valor de uso ya que es explícita  la necesidad que los campesinos y campesinas tienen del agua que nace en el cerro, pero esta necesidad  exhibe un uso que  es especial, pues los campesinos no buscan hacer del agua un objeto privativo porque la reconocen como bien común, bien común a todos los vivientes.  

Comenzamos por preguntanos por la historia del cerro y entre todas las palabras que afloraron, se hicieron comunes aquellas que referían, por un lado, el miedo ante el riesgo de la pérdida del cerro y del agua, y por el otro, los propósitos de juntarse en comunidad para propagar su defensa y con ello, su vida. 

Los campesinos y campesinas, al igual que el resto de vidas animales y vegetales de la zona, se nutren del agua que nace en el cerro, por ello, tanto el agua como el cerro tienen un valor de uso fundamental: nutrir la vida. Y esto nos hace pensar que los campesinos y campesinas le apuestan, como si se tratara de una apología de la inmanencia de las cosas,  a una concepción del agua como bien común que está desprovisto de propiedad; al mismo tiempo en que es una propiedad de todos, disponible para todos los vivientes que es necesario preservar para que su ciclo nutritivo no acabe y se multiplique. 

Es paradójico que los proyectos de extracción minera tengan una concepción del tiempo a corto tiempo, pues estos llegan a los territorios, construyen sus plantaciones de monocultivo, sus microcentrales, producen el dinero que mueve sus deseos por un tiempo que bursátilmente ya está calculado y en cuanto se van, la vida de los lugares ha sido completamente socavada, casi que yace irrecuperable sin posibilidad de multiplicación de su ciclo nutritivo. Quizás esto tenga que ver con que los contactos con la tierra, mediados por el valor de uso que implica inegablemente su preservación, su cuidado, su defensa, se encuentran inmersos en el ritmo propio de la naturaleza, mientras que aquellas relaciones que se establecen con la tierra a partir de la usurpación económica – valor de cambio, valorización del valor- se mueven justo bajo el influjo del tiempo lineal de la economía capitalista. 

Este medio sin fin que exhibe el contacto de los vivientes con el cerro, también podría ser nombrado, apelando a Walter Bejamin (2001), como un medio puro. Pues la vida y su importancia no son desplazadas por ningún fin; más bien lo que se procura es que el contacto con este cerro –mediado por el valor de uso simbólico y material– no tenga fin; el contacto entre estos vivientes exhibe la nutrición que es propia de todo contacto de cuidado en donde la vida se conjuga para procurarse entre sí y seguir viviendo como unidad vital fundamental. 

Si comparamos este valor simbólico y de uso común que tiene la comunidad del cerro, con la finalidad mercantil y privativa que tiene el Estado y las distintas instituciones que avalan los proyectos extractivos, nos damos cuenta que estos últimos representan el poder soberano de la máquina antropológica, pues operan económicamente utilizando la vida en sentido técnico y sólo en aras de la producción de plus valor –el dinero–, extendiendo el desierto, haciendo de la vida una nuda vida, imposibilitando su nutrición y su permanencia en el mundo. 

 Esto nos lleva a pensar que una de las maneras en que la vida inseparable de su forma emerge  cuando los modos de agenciarla no la desplazan del centro ni la usan ni la definen en sentido técnico o como algo expuesto a un fin económico. Tal vez una de las potencias vitales de los campesinos y campesinas de Palmirita que los aboca a la juntanza en pro del cuidado y la defensa del cerro, de sus vidas y de otros vivientes que lo habitan, tenga que ver con que justamente allí donde el poder soberano ha desplegado su fuerza destructora desnudando las vidas ( nuda vida), la vida emerge desviando el poder destructor, conteniéndolo con el poder erótico de la creación, la nutrición y la multiplicación. En torno a este horizonte podríamos asentir que las identidades campesinas del Oriente a esta altura de la historia de precarizaciones que han vivido sus habitantes, se están co-creando, tejiendo y retejiendo para no tener que abandonar nunca más sus territorios ni sus modos de vida campesinos, para desactivar los efectos destructores de la violencia soberana, para construir escenarios de digna rebeldía en los cuales el lenguaje son los gestos  en tanto actos creadores de vida inscritos en una identidad polifónica y contextual que hoy se reviste de resistencia y lucha en contra de la minería.