Por: César Álvarez.

En el 2015, cuando en una muestra de arte los adultos se paseaban por el salón con su copa de vino en la mano mientras comentaban las obras y departían con el artista, los hijos de algunos se sentaban en la pequeña sala de recepción con sus tablets y los celulares que sus padres les habían entregado para que se quedaran quietos y tranquilos. Este comportamiento me inquietó y preocupó como artista, fue el motivo que me inspiró a comenzar a pintar los juegos de mi infancia y/o mis memorias. De allí nació la serie Lúdica: niños jugando sin tecnología, con carritos de plástico o madera, elevando cometas, saltando la golosa o rayuela, trompos, canicas, encostalados. Finalmente, en el año 2016 presenté estas obras al público. El primer escenario fue la biblioteca pública del pueblo en el que residí por más de 12 años, ubicada a tan solo unos pasos frente a la escuela primaria a la que asistía mi hijo. En la inauguración, asistieron amigos y vecinos de la comunidad, padres de familia de niños que frecuentan la biblioteca, y de manera especial, esta vez, los niños se involucraron e interesaron por aquellas pinturas de vibrantes colores, mientras los padres comentaban entre sonrisas los recuerdos de su propia infancia.

Soy César Álvarez, nacido en Rionegro, Antioquia, con más de 30 años de experiencia en las artes plásticas. He incursionado en diferentes estilos; desnudos, retratos, paisajes, bodegones, y en cada tema y técnica he dejado, no solo mi firma y  huella, sino mi alma, porque como dicen todos los artistas: cada obra es un hijo, y muchas personas se acercan al artista esperando que con su pincel pueda dejar plasmada para la eternidad fotografías de algún momento memorable. 

Son muchas las satisfacciones que el arte deja, exhibiciones, premios,  viajes, pero sin lugar a dudas, hay una serie con la que me he sentido muy agradecido y esta es «Lúdica y Ternura».

Esta obra fue una misión cumplida, con ella quise rescatar los juegos que en otrora nos reunían en las calles, o en un jardín y no requerirán de una pantalla y una conexión de internet, pero era tarea de los padres incentivar a sus hijos a jugarlos y hasta explicar de qué se trataban.  Sentí que había cumplido mi parte: mover las fibras de la memoria de los adultos, recordarles su niñez y lo felices que fueron en esas épocas en que se hacían amigos mirándose a la cara, riendo, ejercitándose y rogando por cinco minutos más.

Desde entonces,  en mis exhibiciones siempre hay alguna obra nueva de esta serie y el público se me acerca y me reconoce como «el artista que pinta niños».