Por: Yuliana Miranda Gómez

Desde hace unos años mi mirada ha deambulado por los paisajes del Oriente antioqueño, y a partir de los apuntes gráficos, pictóricos y fotográficos, he llegado a unas reflexiones, donde también el caminar, ha sido materia para desarrollar mi trabajo plástico, siempre evocando un romanticismo en la mudanza del paisaje, y esbozando con ello, la sublimidad de la tierra en la que yacemos.  Pienso que ese mirar se ha dado en una función generalmente panorámica y ha estado dirigida por los caminos ya establecidos, pues siempre estuvieron enmarcados en los recorridos frecuentes de mi desplazamiento. Estas rutas, las carreteras para ser más precisos, han sido creadas por unas necesidades de trasladarse de un punto X a un punto Y, conservando, a veces un poco de su composición original, y por la otra parte creando un paisaje nuevo que es sometido a diseños que desvirtúan completamente su naturaleza. He creído que el paisaje es una construcción humana, que solo existe en la medida que es observado, presenciado o advertido por los sentidos, pues este no tiene una conciencia propia de saberse paisaje. 

Cada uno desde sus intereses y ayudado por el entorno, va habituando los sentidos para percibir lo necesario para sí. Entonces, la mirada se va volviendo más específica siempre en busca de lo que nos afana e incumbe, negando así la otredad.  Algo así sucedía con las indagaciones acerca del paisaje que iba transformándose y a su vez edificándose; había limitado los ojos, poniendo un visor en frente. Había dejado de ver. Y eso ya me había desgastado; sin embargo, la práctica de caminar que siempre ha sido mi manera de recolectar, estaba (y está) vigente, pues ya lo decía David Le Breton, caminar es un método tranquilo de reencantamiento del tiempo y el espacio, caminar es una apertura al mundo. Caminar se vuelve ritual e implica una desaceleración del tiempo, es un detenerse y una hendidura a la contemplación. Y ya que el cuerpo está todo dispuesto para ello, “… el verdadero y gran milagro empieza donde se detiene la mirada” (Maetertlink, 2014, 73) y los otros sentidos, pero la mirada prima en el aprehender de las formas y los colores. Me encontraba entonces desbordando los caminos, saliendo de su ribera, adentrándome al monte, entre la mal llamada maleza y las chamizas y los matorrales, mirando inquisitivamente, reconociendo un paisaje que había ignorado. Columbrar es vislumbrar e intuir. Columbro entonces el misterio y enigma de los matorrales, uno que no nos es revelado, porque pertenece a su propia naturaleza, unos secretos que, con el tiempo, como hijos de esta tierra, poseíamos, pero que hemos ido olvidando y de la que nos hemos ido desvinculando por buscar sublimarnos en banalidades.  

En asuntos estéticos, las visiones sociales, comerciales y estructurales nos han sugerido, o casi que instaurado, unos valores con los que aceptamos consensuadamente unos elementos y acciones, porque dichos valores proponen una armonía y la garantía de la experiencia de la belleza, tratando de mantener un orden y unos parámetros que nos llevan finalmente a consumir. Esto hace que la vista, y si se quiere los demás sentidos, estén siempre enfocados en los objetos que cumplen con este fin o en los que se ajustan a esas valoraciones, perdiendo de vista las otras caras del espacio habitado. Esto, aplicado en todo lo que pueda despertar el interés de unos oriundos y sujetos extranjeros sobre un territorio.

La distribución espacial de una región nos determina el desplazamiento y así la disposición de los sentidos. Estás rutas están trazadas con la idea arriba expuesta, en función de asuntos comerciales que les dan forma a esas estructuras. Se vuelven vías principales, porque son más directas a esos centros urbanos, y que, por ello, seguramente son las que con más frecuencia utilizamos. Se hacen familiares y reconocibles estos caminos. Y como lo familiar es más cercano y en estos casos, más fácil, evitamos desviarnos, lo que genera entonces, ignorar otras rutas, y que suceda que los sentidos no estén siempre alertas y despiertos, sino siempre acostumbrados, cosa que no significa que no sea buena, pues cuando ese camino se hace rutina, ante más mínimo cambio, reacciona nuestra percepción. Estos caminos menos usuales, que no están tan formados desde lo urbano, muchas veces están bordeados por rastrojos, matorrales y todavía, algunas masas de monte, que guardan un poco de una vida campesina, acaso agrícola y la evidencia de la variedad de plantas. Es válido aclarar que el ejercicio del andar está muchas veces supeditado a aquellos que quieren detener su tiempo de las correrías del trabajo. Andar es un lujo, que a veces pareciera escasear.

 ¿Y para qué se camina? Para crecer, conocer, expandirse y como ejercicio espiritual. Andar es un descubrir y reconocer, permite trazar, así como la comisión corográfica permitió hacer la cartografía a la vez que un tipo de inventario de país, recogiendo también, por medio de apuntes, la riqueza paisajística, geográfica y cultural, ese que de alguna manera ha determinado nuestro clima interior como lo decía Fernando Gonzales en su viaje a pie; además de nuestro clima y formas corporales, porque no es el mismo quien nace entre montañas y que quien nace en las llanuras y sabanas. Caminar, presupone pues, una idea de nuestra geografía, nos ubica en el mundo, y vuelvo y cito a Le Breton: “Caminar reduce la inmensidad del mundo a las proporciones del cuerpo” es decir, que nos permite aprehender nuestro territorio en una relación más íntima. Los caminos conducen, hacen las veces de una vertiente que contiene los códigos de las historias y vestigios de cómo se fundaron los pueblos con nuestros antepasados. Son la apertura, el umbral, que une un lugar con otro, lo que permite un constante intercambio cultural, formas de hacer, de pensar y de saberes.

Este territorio del Oriente antioqueño es rico en montes y matorrales, aún podemos reconocer un sinfín de caminos de herraduras, y de los que también se desprenden bifurcaciones que se hacen para acortar los recorridos, caminos llenos de la historia de la región. Pareciera que todos los municipios se comunican por estas vías, que juegan a ser las terminaciones nerviosas de esta tierra. No obstante, el acelerado crecimiento demográfico y el perfilamiento de la región por su riqueza geográfica y demás, la han convertido en un punto señalado y atractivo para el desplazamiento poblacional y comercial desde las grandes urbes, provocando la pérdida o re- “organización” de estos caminos.  Aún entre nuestros ocupantes, hay algunos que se aferran a la naturaleza de esta tierra, a la conservación de los verdes de los montes, del matorral, del paisaje, el agua, muy a pesar del gris progreso que desde hace años ha llegado arrasando las vistas del territorio, desviando y enmarcando las miradas con muros verticales. Son muchos, los que, como esbozaba antes, aman recorrer y se identifican con este gran pedazo de tierra, se dejan seducir bellamente por los montes, y las chamizas enigmáticamente entrecruzadas del matorral. 

La región compuesta por los municipios Rionegro, El Carmen, Marinilla, Guarne, El Retiro, La Unión y otros, son desde mi visión, un solo territorio, no existen fronteras, tanto por la cercanía, como por el compartir, y las redes que se han fraguado entorno a las diferentes manifestaciones artísticas y culturales: las colectividades, los festivales, la juntanza por causas específicas. Desde las divisiones geográficas que se establecen entre un municipio y otro, las fronteras parecen desdibujarse en los caminos veredales y zonas rurales. Los caminos que se comunican entre veredas a otros municipios, lo que están por fuera de las vías comunes, parecieran no tener como tal una pertenencia a un municipio particular. Desde San Antonio de Pereira de Rionegro, cruzando por Ojo de Agua, se llega a Cristo Rey y otras bifurcaciones que pertenecen al Carmen; desde Guarne, por las veredas la Ranchería, hacia Las Cuchillas, San José, Fontibón, para llegar al centro de Rionegro; esto solo por nombrar un par de caminos laberínticos del Oriente Antioqueño. Las características de estás rutas son muy similares, los bordes atiborrados de casas campesinas algunas, de cultivos, de matorrales y montes. 

La mejor manera de vivir el territorio está en el ejercicio de caminar.