Por: Diana Londoño, Directora Casita Rural.

Los recuerdos de la infancia se encargan de irnos esculpiendo, somos amasijos que van tomando la forma y las marcas del tiempo y de las personas que nos tocan. Una de las memorias que me acompaña desde niña es la del momento previo a los partos de las cerdas en mi casa, recuerdo que sentía una emoción rara que ahora no logro definir, porque la ternura de ver y contar a los recién nacidos se cubría con una especie de niebla cada vez que miraba a la cerda acostada en la paridera. Los cerditos buscaban el calor de la madre, inocentes de que podrían ser aplastados por ella; algunos eran ágiles y se lograban pegar primero de alguno de los pezones, otros en cambio se quedaban adormilados, como si les pesara la vida desde el nacimiento o como si presintieran los pasos del carnicero. A esas colitas, así se les llama a las crías rezagadas, las recogía para tratar de calentarlas contra mi pecho y alimentarlas con un tetero; quería hacerles su estancia más amable, aunque supiera que algunos no tendrían ningún chance de fortalecerse con la leche cansada de su madre. Las marcas que llevo impresas en mi cuerpo y en mi memoria hacen que hoy prefiera no comer carne de cerdo. 

Es extraño, pero cuando pienso en lo que hago en Casita Rural me descubro vagando otra vez en el recuerdo de la marranera y en esa intención de acompañar y de hacer más bella la vida. Eso es en principio lo que hacemos en la biblioteca y en las escuelas a las que llegamos: acompañar y tratar de que nadie se vaya quedando atrás. Mientras hacemos eso, que es nuestra base, nos vamos metiendo en la música, en la danza, en el teatro, en la escritura, en la fotografía y en lo audiovisual; exploramos los sentidos mientras desarrollamos lenguajes que nos permitan mirar al otro desde la curiosidad y la fascinación, no desde la competencia. Usamos el arte como un lugar más de encuentro y como un medio para expresar lo que nos cuesta nombrar.                                    

Los niños que más dificultades tienen en la escuela son los que vienen de madres que también han sido confinadas en sus silencios, los abandonados, los que un día tuvieron que salir corriendo, los que no comen, los que no duermen, los hacinados, los que tienen en su familia algún asesinado, los que crecen solos porque sus madres tienen que trabajar turnos dobles para comprar el mercado, los de padres ausentes. En vez de ser un refugio para ellos, la escuela se les convierte con frecuencia en un suplicio porque a ellos todo les cuesta mucho y su esfuerzo no es reconocido. Estos niños, que nacen y crecen en desventaja respecto a otros, aprenden pronto a sentirse incapaces del logro más pequeño. En nuestro proyecto los acogemos especialmente a ellos para hacerles saber con nuestra presencia decidida que no están solos, porque cualquier cosa que les pase tarde o temprano terminará pasándonos a todos. 

No es cuestión de endilgarnos culpas mutuas, porque al fin y al cabo todos somos piezas de un engranaje que parece estar diseñado para que nos demos codazos para poder avanzar dos pasos. Nuestra propuesta consiste en  atravesarle un palo en la rueda a esa máquina que nos arrastra por inercia para que así tengamos tiempo de mirarnos y de apreciar lo que tenemos a nuestro alrededor y lo que los demás hacen por nosotros sin que lo notemos. Queremos enriquecer el lenguaje de los niños a través del arte y levantar bibliotecas, escuelas y comunidades dándole fuerza a todo lo que nos produce emociones bonitas que se nos notan en los ojos y en la sonrisa. Trabajamos por una educación que se construya a partir de emociones y recuerdos bellos, por una educación que pasa siempre por el corazón.