Resistir no es aguantar

Fotografía: mural colectivo realizado por artistas en la ciudad de Medellín.

¡Cesó la horrible noche! / La libertad sublime

derrama las auroras / de su invencible luz.

La humanidad entera, / que entre cadenas gime,

comprende las palabras / del que murió en la cruz.

Himno de Colombia escrito por Rafael Núñez.

Por: Enfoque de Oriente.

Desde lo más profundo de las entrañas en la tierra hasta la copa más alta del árbol del bosque, la memoria transita en un ir y venir. Olvidar se dice que también es un derecho, pero no tiene recuerdos quien nunca vio el alba por última vez, derramando su sangre por el suelo. 

Intacta está la imagen de las calaveras venir desde el horizonte del mar; un barco cargado de codicia armado por patrullas de presidiarios y genocidas descendió en nuestras islas. Después un millar de brutalidades. Pero el invasor no llegó a lo más alto y lo más lejos. No persistió donde la tradición se borda en hilos de resistencia, salvaguardando tradiciones y costumbres. No pudo borrar por completo de nuestros rostros la sonrisa del cacique ni de la tribu. No ha podido conquistar siquiera el lugar en el que prevalece el trabajo colectivo y comunitario, desde el apapacho, el mambe y el fuego, esa vida que nombran y asocian las élites y verdugos como terrorismo, queriendo encontrar en nosotrxs lo que ellxs provocan.

De camino al presente nos topamos con un eterno retorno, como si el tiempo se hubiera detenido con el bastón de la barbarie haciendo de minutero cíclico y repetitivo; las invasiones de nuestras tierras, las defensas por nuestros territorios, el vertiginoso impulso de la modernidad avasallando nuestras edades primarias. Este presente tan parecido a nuestro pasado nos deja siempre mordiendo nuestra propia cola como en el medioevo. El Ángel de la historia de Walter Benjamin  lo describe mejor:

“así es como uno se imagina al ángel de la historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.

¿Avanzamos? Avanzamos al no lugar de cuerpas militarizadas, sometidas a la cadena de reproducción humana para la guerra. Los ministerios de defensa son guardianes de la parca, acumulando plomo entre los huesos, astillando la paz y prometiendo el Edén en tierras nuestras custodiadas por el dios dinero. 

Dios murió y en Colombia sepultamos su cuerpo para que nunca resucitara, porque ya tenemos la estampa de su corazón en cada casa de los humildes bendiciendo y santificando la miseria y el abandono.

Lo que se escribe en esta edición es un viaje al pasado sin abandonar el presente, una mirada por la ventana de atrás vista desde un espejo que refleja lo que ya pasó, está pasando y seguramente continuará. ¡Hay que romper los cristales! los espejismos anuncian que vamos a morir pero cabe siempre la posibilidad de la defensa de nuestras vidas. Es posible mantener y recuperar de las cenizas las tradiciones perdidas, las historias no contadas, la valentía de la verdad. Es verdad que “el humo no vuelve del cielo”, nada podrá devolvernos al inicio; y ya nada nos devuelve la vida. Pero justo hoy, ahora en este preciso momento puede ser el principio. Sin olvido, porque el perdón es para los fraudes eclesiásticos y normativos. Seamos entonces poetizas y poetas como Quintín lame y recuperemos el inicio de nuestro tiempo, resistiendo y entendiendo que: resistir no es aguantar.