Tenemos el tapabocas puesto, pero no la boca cerrada

Por: Mariana Álvarez López.

En Colombia, hemos pasado ya los 120 días de cuarentena, entre las flexibilidades, la obligatoriedad, la responsabilidad, la desigualdad y la violencia. Sobre todo, entre las realidades que esta pandemia ha reafirmado y aunque paradójicamente no alcanza una real cifra o dato informado, demuestra que en este país custodiado por la virgen de Chiquinquirá, muchas cosas no están en cuarentena, como por ejemplo la violencia contra las mujeres y niñas.

Según información del Observatorio de Feminicidios de la Red Feminista Antimilitarista, a julio de 2020, 241 mujeres han sido víctimas de feminicidio en Colombia, lo que significa que todos los días asesinan a una mujer. 11 de ellas son mujeres migrantes venezolanas y 24 menores de edad. Además, a junio de 2020, se registraron 7 transfeminicidios. Y de la cifra total, 181 feminicidios han acontecido en cuarentena. Esta es una razón suficiente por la que se insiste en que las mujeres en Colombia nos declaramos en alerta por feminicidios, aún sin comprender las cifras, con la impotencia de no poder ver los rostros de cada una de las mujeres y niñas que nos arrebatan no solo los puñales, también la injusticia.

Hablar de la violencia de género en estos términos es como se ve, como se siente: despiadado. Las mujeres somos más que cifras, que datos; la violencia es más que un porcentaje en aumento. Agobia pensar que probablemente esta información esté incompleta para la realidad de lo que sucede en la vida de las mujeres; se podría decir que jamás llegamos a las cifras exactas y lo que es peor aún, no llegamos en el momento oportuno. Nos urge comprender que estamos, que están atravesadas por su propia historia, por su sonrisa, por su miedo, por su llanto, por su silencio, por su fuerza. Nos urge comprender que cada mujer tiene un rostro y en él, su propia verdad, aunque muchas ya no están para contarla. 

La historia que llenó de indignación al país el 27 de junio de 2020, con el abuso y violación a la niña indígena wayú por parte de 7 soldados del Batallón San Mateo, ya no está más. Ha sido un titular de paso. Y ella, la niña, es la representación en silencio de las cientos de niñas más, víctimas de abuso y violación a sus derechos. ¿Y la justicia, la sociedad? Es la representación de lo mundanxs y desapegadxs que solemos ser frente a la opresión y violación a las realidades “ajenas”. Días después a esta historia, se da a conocer un nuevo caso de violación a menores de edad en el Guaviare, por parte de la misma fuerza pública, y a gatas recordamos la violación sexual de soldados estadunidenses a 54 menores de edad en territorio colombiano, en los años 2003-2007. 

Para el 20 de julio fuimos testigos de la controversial columna de Las Igualadas publicada en El Espectador, en la que se habla de casos de abuso y acoso sexual por parte del actual alcalde de Medellín, Daniel Quintero. Cuatro días después, se publica el reportaje de Matilde de los Milagros y Catalina Ruiz-Navarro con ocho denuncias de acoso y abuso sexual en contra del cineasta Ciro Guerra. Seis días después, la senadora del partido FARC, Victoria Sandino, admite que dentro de la antigua guerrilla se cometieron delitos sexuales. Un mes después, en el Oriente de Antioquia se habla de la violencia física y verbal de un funcionario público de El Carmen de Viboral hacia su pareja. 

Según el reporte del Sistema Nacional de Vigilancia en Salud Pública (SIVIGILA), a mayo de 2020, se notificaron 38.099 casos sospechosos de violencia de género e intrafamiliar en el país, lo que equivale a 74,3 casos por cada 100.000 habitantes. Según el tipo de violencia, la tasa de notificación nacional por cada 100 habitantes es de 39,3 para violencia física; de 15,3 para violencia sexual; de 13,5 para negligencia y abandono y de 5,5 para violencia psicológica.

Lo que debe de cuestionarnos a este punto es que está claro que se ha normalizado la violencia hacia las mujeres y niñas. Que las banderas de género son pañuelos que la institucionalidad extiende cuando está en la mira de los medios o las gentes, descargando la responsabilidad a los Héroes de la Patria. Estas mismas banderas reivindicativas a conveniencia para muchos son la salida perfecta para establecer que los trapos sucios se lavan en casa, pero no. Los trapos sucios se lavan también en el escenario de lo público, en donde la gente ve la agresión, la violencia, el golpe, el grito y aún así no hace nada; en donde se mandan a bajar los carteles con preguntas que incomodan y que son salidas por la tangente mientras en casa seguimos tapando con polvo los moretones. Lo doméstico tiene que dejar de ser privado para que esos trapos sucios podamos estregarlos entre todxs. 

Y en este sentido, es importante enfrentar el conformismo. No es suficiente un titular, una cifra, una vista a la pantalla; resulta indispensable -y harto que nos lo ha enseñado vivir en un país como este- que aunque no seamos testigos de la justicia, existir es una razón importante para buscarla, y eso involucra a las que estamos, a las que no están y a las que peligramos. No es suficiente que mujeres estén en cargos públicos, como por ejemplo la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez que expresó su entusiasmo porque un día como el 19 de junio (primer día sin IVA en Colombia) se hubiesen comprado muchas lavadoras y aspiradoras porque ahora los hombres sí ayudan a sus esposas y se dieron cuenta de que las tareas domésticas son duras. Aquí una muestra simple y trivial de lo doméstico-sexuado, en su vinculación con lo femenino. 

Resulta entonces importante llamar la voz de la feminista decolonial, Ochy Curiel, quien dice que «el género no explica nuestras realidades», la verdad es que no las condiciona en su totalidad, porque está también atravesado por un sinnúmero de realidades y maneras de habitar el mundo (la raza, la clase, el contexto, el tiempo, el espacio, la religión, la política, los ideales). No es suficiente con ser, sentirnos, asumirnos, nombrarnos mujeres si no hacemos el intento por sentir y comprender lo que le sucede a la otra, a las otras, a lxs otrxs.

En este sentido, es indispensable pensar y, sobre todo, creer que no solo lo personal es político, es decir, lo comunitario es también político. Pensarnos en el empoderamiento desligadas del dolor, de la rabia y de lo que asumimos sentir y hacer por nosotras mismas y las demás, es una salida imposible para la construcción pensada de un feminismo decolonial (construido y soñado por nosotrxs mismxs) sin desconocer por nada del mundo que lo que buscamos es atacar y erradicar todas las relaciones de poder, y con ello las múltiples formas de opresión y violencia.

En Colombia, en el país que nadie entiende, la gente se estremece de manera descomunal por un virus incomprendido que no solo rapta vidas, también amenaza con robar la tranquilidad; es posible que la razón parta de entender que aquello que nos tiene en el encierro obligatorio no tiene filtros para elegir su presa. Sin embargo, mucha de esa misma gente, omite y voltea la mirada ante una violencia estructural y machista que cobra diariamente la vida de una mujer, de una niña; porque ahí, en esa realidad, ha comprendido que el género es apenas la puerta de llegada para las múltiples opresiones y si no se encuentra en esa multiplicidad de conjuntos, pues personalmente no corre ningún riesgo. Sepan que seguimos en cuarentena, que tenemos el tapabocas puesto, pero no la boca cerrada. 

¡No contarán con la comodidad de nuestro silencio!


Referencias

https://www.elespectador.com/opinion/el-silencio-del-alcalde-de-medellin-frente-a-denuncias-de-violencia-sexual-que-lo-senalan/

https://www.ins.gov.co/buscador-eventos/BoletinEpidemiologico/2020_Bolet%C3%ADn_epidemiol%C3%B3gico_semana%2022.pdf

https://observatoriofeminicidioscolombia.org/

https://www.eltiempo.com/justicia/investigacion/siete-militares-habrian-violado-a-nina-embera-510446