Por: Esteban Gómez

Un arma fría se apoya en la cabeza de Fernando. Un grupo identificado como Bloque Metro, con lista en mano, busca acabar con la vida de personas que habitan la vereda, donde, según información confiable, existen ayudantes de grupos guerrilleros que han operado en la zona. A Fernando le tiemblan los labios, está arrodillado en el pavimento de una cancha de microfútbol. Sus padres, impotentes, son espectadores del acto macabro. Varios hombres pertenecientes al grupo armado están vestidos con ropa militar y una pañoleta cubre gran parte de sus rostros; son ellos los encargados de custodiar la zona y han sido patrocinados por personalidades del departamento de Antioquia.

Uno de ellos, al parecer el de mayor rango, lanza un grito imponente y frívolo:

— ¡Hablá pues! si no querés que te pegue un tiro.

— Yo no sé nada señor, no los conozco. Responde Fernando, mientras se le quiebra la voz.

Suena un disparo.

Ovidio despierta agitado. Es un sueño repetitivo en su vida, un sueño que le carcome hasta el alma porque no explica su impotencia en aquel momento; no encuentra el porqué de su inmovilidad al presenciar nuevamente cómo el conflicto armado colombiano le arrebataba a uno de sus hijos.

Afuera, el sonido de los pájaros y el canto de un gallo viejo anuncian que el día ha comenzado. La cama tibia, el radio viejo y las imágenes religiosas pegadas en la pared, adornan la habitación de Ovidio. Sus pies se apoyan en el piso de barro y las últimas gotas de un aguacero torrencial que inició la noche anterior caen sobre el techo de la humilde morada.

Ovidio vive solo, aunque 10 años atrás su historia era completamente distinta. Su esposa gozaba de buena salud; sus 3 hijos: Miguel, José y Fernando querían estudiar y prepararse para mejorar las condiciones de vida de sus padres. Miguel quería ser abogado, tenía 28 años, era el mayor de la familia; José, con 25 años, quería dedicarse al comercio, era bastante bueno desde pequeño para esta actividad; Fernando, con 19 años quería ser educador, amaba enseñar y veía en la educación una alternativa para la construcción de un país basado en la tolerancia.

Después de la pesadilla, Ovidio agarra una foto que está pegada en la pared junto a una lámina de la Virgen del Carmen. En la imagen, amarillenta por el paso de los años, está él, su esposa y sus 3 hijos. Ovidio, sabe bien que los años no han llegado solos, se han cargado de ausencia, de silencio, de una saudade que lo arruga por dentro. En ese trozo de papel en el que se detienen sonrientes celebraban la llegada del año nuevo. Recuerda el sabor del sancocho preparado por su esposa, la natilla y el aguardiente antioqueño sobre la mesa. Eran buenos tiempos congelados en la nada, de izquierda a derecha aparecen: Miguel, Fernando, José, Ovidio y Claudia, su mujer.

Su índice toca el rostro impreso de Miguel y recuerda la primera vez que el conflicto armado le arrebató a Migue, como le decía de cariño. Recuerda cuando Claudia le dijo: “Mijo, es un niño”. Su cuerpo se llenó de una energía que sólo podría explicar alguien a quien el amor de su vida le ha regalado un primer hijo. Después, lo recuerda corriendo por el monte verde de la finca, acariciando los perros, montado en el palo de los guayabos y bastante inquieto por aprender. En la subjetividad, Ovidio piensa que no hay amor más sincero que aquel que puede existir de un padre hacia un hijo, un amor que va más allá de lo pasional y lo metafísico; un cariño tan grande que solo podría compararse con el dolor que se siente cuando te quitan a la persona que amas. Como desmembrando un cuerpo, la ausencia se siente y queda ahí por días, meses y años.

Su mente se transporta a aquella noche cuando todos dormían en casa. Afuera, las botas de extraños se acercaban más y más, la puerta se vino al piso de un solo golpe y un grupo guerrillero irrumpió en la humilde vivienda. El reloj marcaba las 11:40 p.m. cuando Migue fue reclutado por el frente 46 de las FARC. Claudia lloraba desesperada y su esposo solo podía contenerla ante 6 hombres que con armas amenazaban a cualquiera que se incitara a evitar el hecho. Los hombres amarraron con una soga las manos de Miguel y se desvanecieron en la selva verde. Nunca volvieron a saber nada de su hijo.

Ovidio seca una lágrima que llega a su quijada, deja la fotografía sobre la mesa y se dirige hacia la cocina para preparar un café. Luego, toma un trozo de pan y aún afligido por el sueño y los recuerdos, se prepara para salir a sembrar la tierra como de costumbre. Ensilla su mula vieja y se deja llevar por el equino que reconoce el camino que ha repetido durante años. Pasa el portón. Avanza entre el pasto y luego sobre el camino destapado. Ovidio, a lomo de mula, recorre su vereda mientras el cielo azul y el verde intenso de las montañas se dibujan y desdibujan de su entorno. Saluda como de costumbre a quien se cruza en su camino, respondiendo a una acción fáctica e involuntaria. Llega a su montaña matizada por un color amarillo y negro que cambia la tonalidad entre metro y metro. Empieza su larga jornada de siembra que se prolonga por más de 9 horas.

De regreso a casa, paso tras paso, trata de reconstruir el sueño de la noche anterior. Pasa frente a la escuela, ve el pavimento de la cancha, y puede recordar con un poco más de lucidez aquel estado de ensoñación que lo viene persiguiendo por tantos años. Y recuerda que más allá de un sueño, el acto fue una realidad. Y recuerda…

Es la madrugada del 31 de mayo, la población campesina de la vereda Salto Arriba del municipio de Marinilla se levanta más temprano de lo normal. Hay que ordeñar las vacas, recoger lo sembrado, ducharse con agua fría y posteriormente ir a la misa que se oficiará en la escuela de la Vereda. La escuela de la zona rural, la olvidada, la que solo se habita por políticos en tiempos de campaña.

El reloj marca las 6:48 de la mañana y la gente se apura en llegar hasta la institución de puertas rojas y escudos pintados en la pared. Es jueves, pero la gente luce sus prendas como si fuera domingo: los zapatos de charol, el vestido de boleros, la camisa elegante y el pantalón de paño se dejan ver entre los semovientes, minutos previos a la eucaristía. En la cancha, los niños ríen fuerte, gritan y corren alegres mientras sus padres se acomodan en las sillas y esperan la salida del sacerdote que oficiará la eucaristía.

Pasados unos minutos entra el cura — aún agitado por el trajín del viaje —, se acerca hasta el sagrario improvisado, da media vuelta para santiguarse y por la puerta de su mano derecha entran varios hombres con ropa camuflada, es el Bloque Metro. Cierran las puertas y retienen a más de 500 personas. Con lista en mano, selecciona a 9 de ellos; 4 son asesinados en acto público, entre ellos: Fernando, otro hijo de Ovidio. Los demás, fueron reclutados por el grupo armado y tuvieron un desenlace fatal. Y así, el asfalto de la escuela abandonada se manchó de sangre campesina aquel día de mayo del 2001.

Ahora, el pavimento que observa Ovidio no tiene sangre, han pasado los años, pero la soledad lo persigue con la carga en sus hombros y el peso del recuerdo. Regresa a casa, agotado y se sienta en una silla a ver caer la tarde.

Don Ovidio, como lo conocen en la vereda, tiene un sombrero amarillento, una camisa blanca desabrochada hasta el pecho y manchada por la jornada de siembra matutina; su pantalón remangado y sus pies cuentan que no han sido pocos los años que ha recorrido sobre el pasto que cubre las montañas del Oriente antioqueño. Como buen hijo de Dios, es creyente y porta un escapulario sobre su pecho. Suele sentarse en aquel sillón todas las tardes para ver caer el día. Después de tantos atardeceres, no se acostumbra a aquel cúmulo de vacíos. Hace varios años su esposa murió de un cáncer que no pudo ser tratado a tiempo debido a sus condiciones económicas.

Pasados unos minutos se pone de pie, va hasta la habitación, coge la fotografía con su mano derecha, enciende la radio y regresa. Se sienta. Continúa contemplando el episodio vespertino. Mira la fotografía y recuerda a José, el tercer hijo ausente, el comerciante frustrado que fue vestido como guerrillero por el Ejército Nacional y presentado como baja de las FARC-EP.

Es el atardecer del 26 de septiembre de 2016. De fondo suenan las ondas hertzianas del radio viejo, se anuncia la firma de un tratado de paz con uno de los grupos guerrilleros más antiguos del continente: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia FARC-EP. Se habla de la posibilidad de silenciar los fusiles que han sonado por más de 50 años.

Ovidio continúa observando el atardecer rojizo que se esconde tras las montañas. Sabe que no ha sido el único afectado por esta guerra, sabe que junto a él hay más de 8 millones de personas víctimas de violación, tortura, secuestro y desaparición forzada. Su historia es también la historia de otra familia que vive a escasos 20 metros de su casa, pero también de la que vive a kilómetros de distancia en el territorio nacional. El arma fría no solo se apoyó sobre la cabeza de su hijo Fernando; se apoyó también sobre millones de campesinos, de sus coterráneos.

Este hombre, padre de 3 hijos, de rostro lacerado por el paso de los años, sonríe. Entiende que la culminación de cualquier conflicto evitará dolores futuros a próximas generaciones, comprende que callar un fusil es evitar que historias como la suya se repitan y que a pesar de tanto dolor: la paz es la única guerra que vale la pena luchar.

Ilustración: Esteban Gómez.

*Cuento ganador del tercer lugar en el 3er concurso de cuentos “Ciudad de Marinilla” 2017 en la categoría adultos*