En Colombia, la construcción nacional está pegada con babas

Por: Erney Montoya G.

En Argentina se dice que el fútbol no es la patria, pero es lo que más se le parece. En Colombia quizás esto presenta otros matices, pero cada vez más ocurre lo mismo que en países con mayor tradición futbolera. En los dos últimos mundiales nos hemos enfrentado a una realidad en la que la Selección Colombia nos ha convocado y ha desencadenado procesos de identificación mucho más fuertes que otros espacios e instituciones que tienen el deber de haberlo hecho y no lo han logrado.

En nuestro país, polarizado políticamente, fragmentado socialmente y desunido económicamente, el fútbol -el relacionado con la Selección- se convierte en una de las escasas formas de “soldar” los pedazos de los que está hecha la nación. Pero es un pegamento temporal, efímero, que dura lo que la estancia de la Selección en un mundial, una Copa América o los dos días que se toman las celebraciones por el triunfo en un juego clasificatorio.

Para los colombianos, el fútbol es fiesta. Y la fiesta es una dimensión fundamental de lo popular. Un mundial o un partido son el tiempo en el cual se ponen entre paréntesis las preocupaciones cotidianas y los dolores de patria. Quiérase o no, el fútbol se ha transformado en un momento entrañable donde muchos colombianos encuentran un sentido de pertenencia. Por eso este fenómeno es uno de los símbolos más importantes para comprender nuestra nacionalidad. Pero también está proyectando algunos aspectos negativos: el extremismo, la doble moral, el poner la culpa en el otro y evadir la responsabilidad.

“El fútbol se convierte en un lugar estratégico para ubicar el sentido de lo nacional. Expresa un debate a fondo sobre el nuevo sentido de ser nación, de ser patria, que ya no está ligada únicamente a una sola identidad sino a una identidad compleja y contradictoria”, dice el comunicólogo Jesús Martín Barbero. Incluso, el antropólogo Germán Ferro se arriesga a decir que el fútbol propicia la permanencia de unas identidades mucho más sólidas y más fuertes que las que crean los partidos políticos.

Sin embargo, tras la eliminación, el país vuelve a su realidad: muerte de líderes sociales, polarización política, desencuentros en medio del conflicto que no cesa, desigualdad, cultivos ilícitos, extremismo… Desde hace tiempo venimos metiéndonos autogoles, al punto que ni la lealtad a la tricolor ha servido para superar la frágil legitimidad nacional. Definitivamente, en nuestro país la construcción nacional está pegada con babas.